Desde mi córner

Luis Carlos Peris

Veinticinco años dan para mucho

Resulta difícil de explicar cómo vive todo Bilbao las vísperas de una final que nadie duda de que van a ganarla

VEINTICINCO años de ansiosa espera dan para mucho, pero lo cierto es que resulta difícil de explicar cómo siente un pueblo la cercanía de una cita futbolística. Se trata de la expectación que se ha enseñoreado de Bilbao a cuenta de que Athletic Club, una religión laica en un pueblo tremendamente religioso, va a jugar una final de Copa un cuarto de siglo después. Generaciones de bilbaínos que sólo sabían de finales por sus mayores ahora se encuentran con que, efectivamente, su equipo del alma, el equipo de sus padres y de sus abuelos, el equipo que polariza en exclusiva la devoción futbolera de Bilbao, está en la final.

En Sevilla nos habíamos acostumbrado a estas vísperas ilusionantes en el último lustro, pero existe una diferencia abismal con lo de Bilbao. En Bilbao no existe la manida dualidad de Sevilla, ergo todos reman en la misma dirección, nadie teme a nadie porque todos quieren lo mismo. Las fachadas se han teñido de los colores de Athletic Club, los taxis, los autobuses, hasta ese tranvía que te lleva por el Casco Viejo y por la margen izquierda de la ría porta simbología de los leones y la gabarra espera a tiro de piedra del Sagrado Corazón para el paseo triunfal, que aquí nadie pone en duda que el miércoles va a proclamarse campeón de España el Athletic.

Nunca viví una fiebre futbolística con tal nivel de optimismo. No es sólo que vendan la piel del oso antes de cazarlo, no; es que da la impresión de que ya tienen el abrigo hecho con esa piel. Y, claro, como aquí no hay rivalidad, que San Sebastián está lejos y tampoco los de la Real andan como para sacar pecho, pues no encuentran contestación al alarde de optimismo que ha invadido esta ciudad. Jamás podía imaginarme unas vísperas tan desaforadamente eufóricas y la verdad es que si la fe mueve montañas, el Barça, con su indiscutible superioridad incluida, no tiene nada que hacer. Al menos, en la virtualidad de unas febriles vísperas como nunca viví otra.

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