DE POCO UN TODO

Enrique García-Maíquez

Velázquez, de fábula

HOY tocaba el himno -tocarlo como tema-, pero no apetece. Para empezar, yo no era partidario de ponerle letra por propio interés. La música del himno me emociona, pero ay de mí y de ustedes si lo canto. Mejor para todos que me hiciera ácrata. O francés, para cortarles la Marsellesa. Esto era para empezar. Ahora, con la que le está cayendo a la nueva letra, a veces con muy aviesas intenciones, no me sumaré a las críticas. Cualquiera que, mejor o peor, entona un "Viva España" tiene mi respeto.

A cambio, para no desaprovechar la ocasión, decidí, ya que estaba en Madrid, acercarme al Museo del Prado. Ramón Gaya lo llamó "roca española". Allí, en silencio, podría tocar un himno casi con las manos, con los ojos. Por eso, después de rendir visita a los caballeros de El Greco y a la señora marquesa de Villafranca, de Goya, me asomé a la exposición "Fábulas de Velázquez".

Se me hacía fastidioso el título de la exposición. Bajo el nombre genérico de "fábulas" se aúnan cuadros mitológicos y religiosos. Qué manía posmoderna de juntar churras con corderos pascuales, en un forzado ejercicio de anacronismo sincretista. Puede que el responsable de la exposición considere la religión católica como un mito más. Vale. Pero para Velázquez exponer lo uno con lo otro hubiera sido tan arbitrario como barajar bodegones con retratos reales. O más.

Y lo bueno es que el silencioso y prudentísimo sevillano lo avisa a voz en grito con sus pinceles. El contraste entre los cuadros de ambas temáticas es tan evidente que justifica por sí mismo la exposición, e incluso -a sensu contrario- el título. La mitología la trata Velázquez, como es sabido, con un punto de guasa: un grano de sal, que en Quevedo fue de sal gruesa, pero que en él lo es de una finura prodigiosa. No desprecia la mitología; le sirve de alegoría de la vida corriente, con propósitos aproximadamente didácticos.

En los cuadros religiosos, en cambio, Velázquez contiene (en ambos sentidos) una serena emoción que reconocemos como piedad. Se remansa en sus lienzos aquella luz del Oriente que, a través de Venecia, El Greco trajo de los iconos. Qué hermosísima Virgen la de la Coronación. Del Cristo de Velázquez sólo se puede hablar como lo hizo Unamuno, en endecasílabos blancos y arrodillados. Incluso en los cuadros que representan la cena de Emaús o la casa de Marta y María, el primer plano cotidiano trasluce un anhelo y una palpable esperanza de liberación que viene de la escena del fondo, donde Jesús está.

Más que "Fábulas", la pintura de Velázquez es la aceptada herencia grecolatina y la vivida fe, pudorosa y poderosa. Un himno inmenso.

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