En tránsito

Eduardo Jordá

Velocidad de lectura

NO sé dónde leí que un usuario medio de internet es incapaz de concentrarse durante más de tres minutos en un mismo contenido informativo. Pasado ese tiempo, se pone nervioso y empieza a buscar otra cosa. Por experiencia personal, sé que el tiempo que dedico a leer en pantalla es muy inferior al que puedo dedicarle a una página impresa. No sé si a ustedes les pasará lo mismo, pero yo noto una agitación interior muy distinta cuando estoy leyendo en una pantalla. Pueden ser cosas de la edad, no sé, pero creo que es así. La pantalla genera ansiedad, distracción, incluso desasosiego.

Un lector digamos que antiguo estaba acostumbrado a tener paciencia y a almacenar una serie de datos en su cerebro. El lector de la era Google está acostumbrado a otro modelo de percepción a través de los links. En vez de esperar a resolver la duda en otro momento, ese lector quiere una respuesta inmediata. Si sale una referencia a Lyndon B. Johnson, el torero Bombita, la fisión del átomo, el inventor de la baquelita, el bikini de Brigitte Bardot en Y Dios creó a la mujer o el accidente nuclear de Palomares, el lector de internet exige de inmediato una información instantánea sobre estos asuntos. Un lector tradicional aceptaba como una cosa normal que el texto contuviera muchas referencias desconocidas. En muchos casos desistía de averiguar esa información porque la consideraba secundaria con respecto a la información esencial que buscaba (el desenlace de una novela, la crónica de una campaña política, la investigación de un asesinato). O si esa información le parecía interesante, no tenía ningún problema en interrumpir la lectura para adquirirla por otros medios, porque el tiempo que un lector le concedía a la actividad de leer incluía las interrupciones y las búsquedas.

El lector de la era de internet es muy distinto. Es hiperactivo y comodón, impaciente y olvidadizo. Está acostumbrado a las palabras azules -los links- que llevan adosada una explicación que abre una infinidad de conexiones, y por eso quiere satisfacer cuanto antes su curiosidad, una curiosidad que nunca está muy claro si es en realidad interés o simple palpitación nerviosa. Porque el lector de la era Google no sabe leer sin una cierta agitación interior que a veces resulta casi explosiva. Si el lector antiguo necesitaba tranquilidad, el lector moderno necesita excitación. Y es que el lector digital suele sufrir el síndrome del ciclista, y cree que va a caerse al suelo si deja de teclear de forma frenética. La lectura, por tanto, no es una actividad reflexiva, sino más bien resbaladiza, volátil, deslizante, inocua. Será curioso saber qué pasará con la mente humana a medida que nos acostumbremos a leer así.

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