Del diostoro

Barquerito

De El Ventorrillo a Parladé

EL Juan Pedro Domecq patriarca de su propia dinastía, de la dinastía de su nombre y apellido, ha sido el ganadero que más veces y más razonadamente ha explicado en público las razones del toro moderno. Para muchos ganaderos, y en particular ganaderos modernos, la referencia teórica es el toro de Juan Pedro. Que se llama exactamente así: "toro de Juan Pedro".

Con sus muchas desigualdades, la corrida de El Ventorrillo jugada sólo anteayer, en la cara fecha del sábado de preferia, ha sido de las mejor libradas de cuanto va de abono. Esa ganadería de El Ventorrillo es el ejemplo perfecto de ganadería moderna en el más noble sentido: de fundación reciente, 1986, y creada sobre una base segura de vacas y sementales de Juan Pedro.

Bien comprada y bien pagada, la ganadería cambió de dueño hace sólo cuatro años. Vendió Francisco Medina, compró Fidel San Román. Fue, dicen, el trato de ganado más ventajoso y de mayos cuantía de la última historia. La historia moderna, naturalmente. Transacción de Guinness. De un golpe se vendieron el ganado y la finca de Toledo, que da nombre a la ganadería. En el mercado, por tanto, el toro de Juan Pedro ha generado plusvalías excepcionales.

En los toros, como en cualquier negocio, se confunde a veces valor y precio. Pero no es el caso. En Sevilla ha lidiado El Ventorrillo, y se ha "salvado", según la jerga ganadera. Y este mismo año lidiará en Pamplona y Bilbao, y en los dos sitios se van a dar de bofetadas por matar la corrida todos los que pueden dárselas. Encima de El Ventorrillo, en calidad de director, con las manos libres y con toda la responsabilidad posible, como alter ego de San Román, está ahora un hombre de campo de grandes conocimientos. Juan Carlos Carreño. Bien ganada su fama: honradez, experiencia, sabiduría, fina sensibilidad para ver el toro. Es el hombre de campo de la empresa Chopera en Salamanca. Capaz de escoger toros de durísimo fondo a la antigua, como se demanda en dos plazas francesas, la de Vic Fezensac y la de Ceret, consideradas santuarios del torismo, y donde se rinde culto al toro de viejo estilo. Capaz de escoger y de acertar. Pero igual de capaz para acertar y escoger en casos de plazas y circos ni tan santos ni tan taurólatras como Ceret o Vic. Igual de exigentes. Pero de otra clase de exigencias se trata.

Entre las exigencias del toro moderno predicadas por Juan Pedro, una determinante es la fijeza. La fijeza en los engaños. Como si mirar al torero estuviera genéticamente prohibido y conseguido. Ese dato fue seguramente el más relevante de la corrida de Parladé jugada ayer. Ganadero titular es Juan Pedro Domecq Morenés, hijo primogénito del patriarca.

Lo propio del ganadero moderno es criar toros con mentalidad de torero, es decir, pensando en el torero un poco más que en el toro. Lo propio del ganadero no moderno es pensar más en el toro que en el torero. Tal vez el equilibrio justo se halle en el ganadero que cría toros pensando en el toreo sin más. Pero enseguida surge la pregunta tramposa de los saduceos: ¿el toreo moderno o el toreo antiguo? ¿Ventorrilloo Parladé?

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