la ciudad y los días

Carlos Colón

Vestido de grises

ENTRÓ septiembre como le corresponde y aquí raramente sucede: vestido de lluvias y grises. A media tarde del miércoles una breve y lluvia fina hizo de cirial y de bocina del dorado septiembre, el mes en el que la ciudad parece revestida con panes de oro por Currito el dorador. Oro nuevo de paso recién estrenado en las mañanas transparentes. Oro viejo de canasto del Gran Poder en las tardes en las que la luz parece pesar. El jueves, puntual en su entrada en la Campana de los calendarios, irrumpió a las diez de la mañana el paso grande de septiembre con estruendo de relámpagos, truenos y aguaceros, dejando con brillo de casco de armao los adoquines, de ruán el asfalto, gris azulado Loreto el cielo y verde Macarena los naranjos.

A la hora del Ángelus todo quedó por un momento quieto bajo una luz de plata. Pero pronto empezaron a moverse las hojas más altas de los árboles, después a ondularse con movimiento de algas las copas de los más corpulentos y finalmente a moverse como antenas de insectos los jaramagos secos de los tejados, a vibrar los tendederos vacíos de los que se había retirado a tiempo la colada y a moverse las veletas. Se oscurecieron todas por igual las calles, hubo que encender las luces a medio día, empezó a repiquetear suavemente la lluvia en los patinillos chivatos que anuncian los primeros los sonidos más imperceptibles; se oyeron truenos aún lejanos y al poco, antes de que diera la una, precedida por una fanfarria de esos truenos ya próximos y poderosos -cada vez más pegados a los relámpagos- que hacían persignarse a nuestras abuelas encomendándose a Santa Bárbara bendita que el sol trae y el trueno quita, volvió la densa lluvia anticipando otoños en el día primero de septiembre. Ayer hubo truenos y chaparrones por la mañana, y limpia luz de oro por la tarde.

Vendrán soles despiadados, y calores dorados y densos como la crema de membrillo de Santa Paula, porque esto es Sevilla, la ciudad del largo e inmisericorde verano que va de San Jorge a Santa Teresa, del jubileo circular en la Santa Caridad al triduo en las Teresas. Pero estuvo bien que los truenos, los relámpagos, las lluvias y los grises pasaran página de calendario el uno y el dos de septiembre dejando atrás el feliz agosto, el sábado de los meses, en el que la vida parece ponerse en cámara lenta y casi todo ser menos urgente.

Olió la ciudad a tierra mojada y limpio aire húmedo. Olieron las memorias a plumieres de madera y cuadernos nuevos con todas las páginas en blanco. Entró septiembre entre luminarias de relámpagos, trompetería de truenos y petaladas de lluvia. Como debe ser.

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