A pie de campaña

Jorge Bezares

Víctima del ninguneo

El ninguneo permanente de Rajoy a Zapatero nació del convencimiento de que el presidente del Gobierno era un político muy poco sólido, y se extendió a lo largo y ancho de la pasada legislatura hasta fraguar en un discurso de oposición tremendista y repleto de descalificaciones. Con esos antecedentes se presentó Rajoy a los cara a cara con el candidato socialista. En el primero, que debía servir para abordar la gestión del Gobierno, el líder del PP llevó la iniciativa y se encontró con un Zapatero sin apenas adrenalina, incapaz de rebatir la grave acusación de "agredir a las víctimas" del terrorismo que le formuló y le ratificó. Si los sondeos dieron por ganador a Zapatero, fue porque la bolsa de votantes que no era del PSOE ni del PP -en 2004 fueron cuatro millones- compraron su mensaje mejor. En cualquier caso, Rajoy no perdió este debate: convenció más a su electorado que Zapatero al suyo. Pero tampoco lo ganó: la desmesura con la que se empleó sólo le sirvió para fidelizar. En el segundo cara a cara, que se debía centrar en las propuestas de futuro, Rajoy partió con la urgencia de romper el estancamiento del 39% que le otorgaban las encuestas. Para pescar en otros caladeros electorales más centrados y desencantados con Zapatero, bajó el tono pero volvió a pecar de catastrofista -el Gobierno no hizo nada bien, y el presidente no se entera-, abusó de esa colosal tendencia a rematar todas sus críticas con un lenguaje hiperbólico, no supo escabullirse de la guerra de Iraq y el 11-M y estuvo escaso de propuestas. Pero, además, se encontró con un Zapatero que se mostró más combativo ante la reiterada acusación de mentir a los españoles que le volvió a espetar Rajoy, en una lucha sin cuartel por la credibilidad, y fue más generoso -propuesta de apoyo al Gobierno saliente del 9-M en materia antiterrorista-. Sólo desbarró cuando puso sobre la mesa el número de muertos por terrorismo en las dos últimas legislaturas. En la andanada final, el candidato del PP se olvidó del discurso y el tono que había mantenido durante toda la legislatura, dulcificó el gesto y se presentó como un presidente conciliador poco creíble. Y recurrió de nuevo a la niña para acabar con un puntito de ternura que resonó a ñoñería. Zapatero, sin embargo, se ofreció a gobernar para todos y a corregir errores y, antes del guiño para cinéfilos de "buenas noches y buena suerte", esbozó una sonrisa que puso de manifiesto una mayor personalidad televisiva.

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