José Ignacio Rufino

Vigor universal

NO lo digo yo, que lo dijeron Freud y Quevedo: el sexo no tiene enmienda. Los publicistas lo saben bien, y no paran de mandarnos mensajes a través de los medios con ese gancho. Una de las pes del marketing -el producto- no es ajena al filón sexual a la hora de captar la atención del consumidor potencial y hacerle sentir necesidad, y hasta ansia. Por ejemplo, los envases de algunos perfumes son tan explícitos que da hasta cosa regalarlos inocentemente. Pero la vaca de la notoriedad que más ordeñan los sagaces y pérfidos creativos del ramo es sin duda otra p, la de la publicidad. Y lo hacen de forma indirecta (por ejemplo, mediante una sensual forma de fumar o con un denso licor que se desborda en el vaso) o directísima. En esta última estrategia publicitaria podemos encuadrar ese spot que, a la hora en que una pareja media está delante de la tele con una bandejita de cena sana o una copita reparadora, nos dice que necesitamos "firmeza" para hacer bien las cosas. Él es canosito y cincuentón, atractivo; ella está espléndida también. Tras remover la ensalada juntos, quizá un sábado al mes, la pareja acabará yaciendo con un nivel de performance que merecería una cerrada ovación, gracias al amor... y a las pastillas del vigor. Sin embargo -estoy seguro-, a más de uno se le atraganta la matita de canónigo aliñada o el sorbo de vino con el dichoso anuncio del medicamento reparador. Vaya por Dios, hombre, pensará con repentino pellizco el televidente que no las tiene todas consigo, y que no lleva pastilla encima. Cosas del target y la franja horaria.

Sin embargo, la desprestigiada agencia de espionaje estadounidense, la CIA, ha encontrado una vía para condicionar la voluntad del cliente potencial: el marketing promocional basado en la entrega de muestras gratuitas -técnicamente, sampling- de pastillas contra la disfunción eréctil o atonía cavernosa, vulgo gatillazo. La innovación consiste en que lo que pretende la organización de inteligencia americana no es promocionar el consumo de las pastillas, sino que los jefes de las tribus -ancianos en su totalidad- delaten a los talibanes malos y desvelen sus rutas de abastecimiento. Y, de paso, "recuperen su posición de autoridad". Como el whisky o agua de fuego con los indios siglo y medio atrás, pero sin resaca. Es más, con euforia; tras comportarse el señor de la guerra en cuestión como un Rocco Siffredi, cuando a su edad le quedaba poco placer pendiente más allá de mandar, juzgar y tomar sopita.

En Andalucía, hasta la presente, un bocadillo y un paseíto en autobús con servicios ha sido suficiente para conseguir, digámoslo así, orientar voluntades, con mitin de por medio. Pero, como sucede con las subidas salariales, ciertos incentivos son descontados por la población objetivo con el paso del tiempo, y pedimos eso mismo y algo más. Que nos enriquezcan la oferta, que nos amplíen el producto genérico hasta límites ya olvidados. Viagra, Cialis y Levitra gratis para los andaluces, como reclamó un consejero de Salud de la Junta al por entonces Gobierno del PP. Corría el año 1998, y el asunto se planteaba ante la avalancha de peticiones de prótesis de pene, que, según cuentan, sí se subvencionaban. Ponemos el triunfo en el tálamo por delante de la cobertura dental. Las penas con pan son menos y, con revolcones king size, menos aun.

La cobertura universal de las necesidades sanitarias de la población tiene unas fronteras variables. Depende de qué consideremos básico. Yo apuesto a que el jefe de la tribu afgana remota, polígamo y mayor, no va a prescindir del vigor reencontrado a la hora de irse de la boca con la CIA.

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