la esquina

José Aguilar

Violencia contra la mujer: un fracaso

CASI todo lo que ha cambiado en Andalucía en relación con la violencia contra la mujer ha sido para mejor. Lo fundamental: que antes era un problema sepultado entre las paredes del hogar -por llamarlo de alguna manera- y ahora es un conflicto social de primer orden, y también que el maltrato era una conducta socialmente normalizada y hoy es socialmente estigmatizada e institucionalmente perseguida. Como debe ser.

De este modo las cifras terribles de la violencia doméstica resultan, sin embargo, insignificantes desde el punto de vista cuantitativo. Murieron asesinadas en Andalucía quince mujeres a lo largo de 2011, pero es que hace diez años todavía estas muertes hubieran sido presentadas y asumidas por la sociedad andaluza como fruto de los celos o crímenes pasionales. Ahora mismo nadie se atreve a considerarlas de otra forma que no sea como muertes violentas que culminan trágicamente una práctica de malos tratos habituales. Las 75 denuncias diarias por violencia de género registradas el año pasado según la Consejería de Presidencia nos parecen demasiadas, porque lo son (nada menos que 75.000 en los doce meses), pero veníamos de una situación en la que sencillamente no se denunciaban estas torturas, aunque las había, y en mayor número que hoy, con toda seguridad. Y toda impunidad.

El avance es, pues, innegable. Pero está el "casi" del que hablaba al principio. ¿Por qué casi todos los cambios han sido para bien? Porque ha habido un cambio concreto que ha sido para mal. Un retroceso, que justifica plenamente que las organizaciones feministas salgan a la calle y se movilicen: la edad de las víctimas ha bajado. Al inicio de su lucha, que es también la de muchos hombres, la franja de edad a la que pertenecían la mayoría de las mujeres maltratadas se situaba entre los 45 y los 55 años. En el momento presente las víctimas son cada vez más jóvenes. Un dato; de las quince andaluzas asesinadas por maridos y ex maridos, novios y ex novios, compañeros y ex compañeros en el año 2011, seis eran menores de 30 años.

Cuesta mucho trabajo interiorizar este hecho. Entendíamos, con dolor, que los andaluces cuarentones y cincuentones, educados en la cultura machista que tenían sus padres, llegaran a agredir a mujeres a las que creían, porque no habían vivido otra cosa, inferiores, sumisas y receptoras naturales de la ira y la frustración del varón de la casa. No entendemos, con estupefacción, que hombres nacidos en los años ochenta y aun después, educados en la escuela contemporánea y asentados en una sociedad más igualitaria, abierta y progresista, repitan estas conductas deleznables. Es un gran fracaso colectivo en un terreno cuajado de éxitos.

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