RELOJ DE SOL

Joaquín Pérez-Azaústre

Visiones de Nadal

NADAL en un principio era un cherokee, una mezcla explosiva de indio y superhéroe, un Conan joven. Nadal era un cohete musculado, Nadal era un John Rambo más amable con la raqueta de ametralladora, Nadal ametrallaba al adversario, era un guerrero azteca danzando bajo el sol. Nadal, esencialmente, era una fuerza viva de la naturaleza, era ese bíceps zurdo brillando sobre el aire cuando ganaba un punto con sudor. Nadal, esencialmente, era un despliegue físico, con la cinta en el pelo en plan Jerónimo, el último rebelde chiricahua, como un dios de la guerra en plan apache, y también esa sombra agazapada con el alma rugiente de pantera, acechante y mortal.

Todo esto desató la fiebre por Nadal. Esto y su carisma, que ha sido su manera de ganar y también de perder, dando a cada asunto su importancia y con una humildad que en cualquier otro parecería impostada, un cartón piedra. Nada de Nadal es cartón piedra, ni siquiera la mueca contenida que exhibió el día de ayer, su forma de pasar el brazo por los hombros de Roger Federer tras haber recogido su trofeo del Open de Australia. Ayer, en Melbourne, la noticia no era tanto la gran victoria de Nadal, o una semifinal salvaje ante el titánico Fernando Verdasco, como esa contención en cada gesto, en cada atisbo escueto de sonrisa, porque el propio Nadal parecía estar sufriendo por el sufrimiento de Federer, que es un Fred Astaire en horas bajas. Nadal, en ese instante, estaba más pendiente de consolar a Roger Federer que de celebrar su Open, el primero conseguido por un español tras las tentativas primero de Carlos Moyá y, hace más tiempo, de un nunca olvidado Andrés Gimeno. Federer, mientras tanto, bastante ocupación tenía con intentar sujetar su ánimo roto, su moral y su corazón rotos, que se han ido minando poco a poco por el estallido meteórico de una solidez, Rafael Nadal.

Fue en Sevilla, hace ya varios años, cuando un chaval adolescente muy moreno, con mucho desparpajo y mucha garra, afilado y eléctrico, dio su primer mordisco a una realidad de relumbrón ganando la Copa Davis. Entonces, lo único que sabíamos de él era que era sobrino del gran central del Barça Miguel Ángel Nadal. A partir de entonces raza, coraje y sencillez, además de camisetas sin mangas, pantalones piratas y pañuelo en la frente sujetando la melena india. Sin embargo, tras su último cambio hacia una estética más seria se esconde, también, una visión distinta no sólo del tenis, sino de toda la competición, porque Rafa Nadal ya juega al tenis igual que si jugara al ajedrez. Sus rivales, Verdasco y Federer, van a por el punto o por el juego. Nadal, en cambio, va a por el partido, es casi una roca imperturbable que sólo se ejercita contra el tiempo.

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