Palabra en el tiempo

Alejandro V. García

¡Viva España!

RESULTA estremecedor pensar que detrás de la letra del Himno de España, dada a conocer ayer con una expectación propia de una novelón de Ken Follet, se encuentren, como parte del jurado, entre otros, un catedrático de Historia Contemporánea (Juan Pablo Fusi); una de Literatura Española (Aurora Egido), y el compositor y académico Tomás Marco. O el himno no está a la altura de la excelencia de los padrinos, o los padrinos del himno, pero algo de eso hay. Una discordancia entre el interés, el jurado y el letrista (un tal Paulino). Tomemos un par de estrofas al azar -por ejemplo, "¡Viva España! / Desde los verdes valles al inmenso mar, / un himno de hermandad" y "ama a la Patria / pues sabe abrazar, / bajo su cielo azul, / pueblos en libertad"- y tratemos de adivinar para qué verso era necesario el examen de un historiador, para verificar qué hemistiquio un compositor y, ay, para lustrar qué ripio una experta en literatura y métrica.

En efecto, la letra del himno está muy por encima de los méritos, la capacidad y el currículo de los miembros del jurado. O por debajo. Que esté por encima o por debajo es una cuestión opinable, aunque yo creo que la letra excede la aptitud de los jurados. En efecto, a veces, la capacidad intelectual es una rémora que impide la deseada compenetración y equilibrio entre los examinadores, el examinando y el objeto examinado.

Un himno, para ser un buen himno, como quizá lo será el de España, debe estar adornado de todas las virtudes inherentes a semejantes cánticos: pomposidad, trivialidad del mensaje, vulgaridad lingüística, ramplonería sentimental, rimas pedestres, etcétera. Sólo con estos perejiles se puede crear una letra susceptible de ser interpretada con auténtica pasión lacrimosa en circunstancias tan irreflexivas como los segundos previos al lanzamiento de un penalti o después de saltar la pértiga.

Cualquier circunloquio, rima forzada o culteranismo supone una disminución de la capacidad emotiva y ciega del himno. En los albores de la democracia, el filósofo Agustín García Calvo intentó componer un himno a Madrid con materiales, digamos, refinados, y claro, salió un petardo imposible de corear: "A costa de esto, / yo soy el Ente Autónomo último, / el puro y sincero. / ¡Viva mi dueño, / que, sólo por ser algo, / soy madrileño!". En cambio, basta hacer una prueba con el himno del señor Paulino para verificar que se trata de un petardo conmovedor y cantabile.

En fin, lo principal es que ya tenemos una letra para celebrar los goles y demás delirios patrióticos. ¿Para provecho político de quién? Este es un asunto que requiere un artículo aparte.

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