¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

Vizcaíno Casas

CREÍMOS que era español por su forma de vestir y, sobre todo, porque leía una novela de Fernando Vizcaíno Casas. Más tarde, cuando entablamos una conversación en aquel vagón que viajaba por Marruecos, nos contó que era comandante de Transmisiones del Ejército Real alauí e hijo de una gibraltareña, un fruto del añorado cosmopolitismo que campó en el norte de África durante los años cuarenta y cincuenta. Guardamos como una perla de la memoria el recuerdo de aquel musulmán occidentalizado y elegante que hablaba un correctísimo español y leía a un escritor ya demodé por entonces -hablamos de 1987-, una rareza que ya sólo servía para acumular polvo en los anaqueles de las familias de derechas.

Décadas después, una facultad universitaria nos invitó amablemente a una mesa redonda sobre la Literatura durante la Transición. Entre otros autores de este periodo, señalamos inocentemente la figura de Fernando Vizcaíno Casas, un escritor vinculado al búnker y a los rescoldos del franquismo que vendió decenas de miles de unas novelas de un humor simple y eficaz, como el de Wodehouse, y que muchos lustros antes que Podemos se había adelantado en la crítica a los excesos de la casta política de la recién nacida democracia española (por supuesto, los jerarcas de la anterior dictadura aparecían tramposamente en sus textos como auténticos dechados de virtud). Fue como si hubiese mentado la madre del magnífico rector y un egregio profesor, con exceso de sabiduría y poco sentido del humor, cargó contra Vizcaíno Casas, al que le llegó a negar la condición de escritor pese a tener decenas de libros y obras de teatro. Pensar que mencionar a Vizcaíno Casas puede llegar a ser algo transgresor en una Universidad no deja de ser algo verdaderamente cómico y refleja muy bien la España malhumorada en la que vivimos.

Nosotros, sin embargo, no cambiamos ni una sola de las chispas de aquel truhán reaccionario y de elegancia altisonante por muchos de los bártulos universitarios con los que hemos tenido que lidiar. Quizás porque creemos que lo que le hace falta a España es un poco de risa aristotélica y purificadora que nos salve de esta epidemia de malhumor a la que nos ha llevado la impotencia política, algo de la frivolidad inconsciente y probablemente equivocada e injusta de aquel escritor de aluvión que fue el gran Fernando Vizcaíno Casas. La risa no sólo hace más sabias a las personas, como creía Demócrito, sino también a las sociedades. Italia e Inglaterra ya lo saben. A España le queda mucho por aprender.

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