La tribuna

Emilio A. Díaz Berenguer

Votantes de izquierda en la encrucijada

SE aproxima el 26-J y a muchos votantes naturales de la izquierda se le plantean dudas sobre qué hacer. Probablemente, una vez más, a votar por exclusión. En ocasiones lo han hecho con una pinza en la nariz, echando de menos la elección directa de su candidato a presidir el Gobierno, ya fuera de la comunidad autónoma o de la nación. Pero sólo podían optar por introducir una papeleta que incluía a personas que no merecían su respeto político; así es el actual sistema electoral en España.

Con la confluencia de IU con Podemos en las listas de UP, Unidos Podemos, algunos se quedarán sin el socorrido recurso de votar por la histórica coalición como mal menor, para que fuera la rompepelotas que alzase la voz contra una derecha política deficientemente democrática y tratara de ponerle las pilas al PSOE.

Por otra parte, los emergentes no han estado a la altura del mandato popular del 20-D y se han comportado con los mismos tics cainitas de los partidos tradicionales. Todo para los ciudadanos, pero sin los ciudadanos; las elecciones se volverán a repetir sin que el sistema sancione políticamente a los que no han sido capaces de acordar un gobierno, provocando que los españoles tengan que repagar las elecciones. La segunda vuelta no existe en nuestra ley electoral.

Casi 200 millones de euros más de fondos públicos para que los partidos y sus líderes vuelvan a presentarse, sin contar sueldos y otros emolumentos cobrados a lo largo de varios meses, lo que nos trae a la memoria a una ex ministra socialista de cultura que sostuvo que el dinero público no era de nadie, sin que fuera cesada ipsofacto por el presidente Zapatero.

La errática estrategia de los líderes de Podemos tras el 20-D, junto con el egocentrismo y la vena autocrática de su candidato, provoca rechazo a no pocos. Su líder ha acabado volviendo a sus orígenes: utilizó Podemos como plataforma para presentarse a la elecciones europeas de 2014 porque IU no aceptó que ocupara un puesto de salida en sus listas. Todo lo demás es puro espectáculo mediático.

Además, UP no tiene un programa económico alternativo sostenible. La expectación creada en una rueda de prensa, allá por noviembre de 2015, con el gurú de la nueva economía, Thomas Piketty, le duró un telediario a Podemos. No se puede acceder al poder político ejecutivo por primera vez con un mero "corta y pega" y algunos parches para intentar paliar la actual situación de emergencia social.

Tras el sorpasso de Podemos a IU, con la connivencia de un obsoleto Julio Anguita, que resta más de lo que suma, toca jugar al monopoly político intentando otro a un PSOE noqueado. En río revuelto es muy probable que haya ganancia de pescadores y la beneficiada sea la derecha economicista y poco solidaria, incluso a costa de la opción de Ciudadanos, que podría haber supuesto un punto de inflexión hacia la homologación europea de una nueva opción conservadora en nuestro país.

El PSOE podría tener la solución en sus manos, pero los socialistas, todo lo que podían hacer mal para no ganar las elecciones, lo están haciendo fatal. Programa y liderazgo endebles, un candidato que antes de ser elegido ya es un pato cojo por decisión de los barones, mensajes agotados, escasa credibilidad, recuperación de personas a las que une tener asignaturas pendientes dentro del partido, etc.

Pero, seamos sinceros; Podemos nunca va a gobernar en España, si no es con mayoría absoluta. Esto no es Grecia. La superestructura del PSOE jamás va a compartir gobierno con Pablo Iglesias y los suyos. Pero por encima de la postura de barones y baronesas, la razón objetiva es que es lógico que no den cancha electoral a aquellos que no vienen a sumar contigo, sino que su principal objetivo manifiesto es sustituirte.

Ante las consecuencias de los resultados previsibles, los indecisos deberían ser realistas y asumir que la próxima legislatura tendría que ser de transición y no necesariamente de asalto a los cielos y al Palacio de la Moncloa; crecer a costa de hundir ahora a los socialistas es ofrecer al PP la posibilidad de redondear su cruenta hoja de ruta y la suerte estaría echada.

Para muchos, salvo para los unidimensionales, no va ser nada fácil adoptar una decisión el 26-J. La campaña vuelve a ser clave, como pocas veces. La izquierda se juega su futuro próximo, pero los ciudadanos se juegan mucho más: su bienestar a corto, medio y largo plazos.

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