PASA LA VIDA

Juan Luis Pavón

Voyeurismo a tutiplén

YA suenan a lluvia sobre mojado los comunicados policiales sobre las redadas de personas que tienen como hobby la pornografía infantil. No los atrapan de dos en dos, sino de cincuenta en cincuenta. Los pedófilos no son legión, pero parece ser que tampoco una aguja en un pajar. Pertenecen a un club más amplio, el de los voyeuristas. Una inclinación que se retroalimenta en esta sociedad proclive a la sobreexposición. La tentación vive en la mano y You Tube es su patria. Hasta hace muy pocos años, manejábamos una cámara de higos a brevas, y más aún la transferencia de ficheros con imágenes. Ahora es una constante su envío y recepción, así como la grabación con teléfono móvil en todo momento y lugar, en foto o en video. Y toda expansión de una tecnología lleva pareja la mala asimilación que hace de ella una parte de la población por abusar de su uso o por sentirse enganchada al mismo.

En el mercado del retorcido y abominable divertimento que maneja imágenes del prójimo (niños incluidos) para satisfacer sus bajas pasiones, caben episodios como el denunciado en Écija. Ha sido procesado el dueño de un establecimiento porque situó una microcámara en el baño de señoras para grabar a sus empleadas cuando se subían o bajaban la ropa para hacer sus necesidades fisiológicas. 29 mujeres se han sentido humilladas al descubrirse el vicio de su jefe con la webcam en el excusado, no tendría otra cosa que hacer amén de dar rienda suelta a sus delirios.

Los principales investigadores del cibersexo conocen casos de tráfico de imágenes robadas en retretes, consultas médicas, probadores, vestuarios, habitaciones de hoteles. Y, sobre todo, en las playas. Hay foros donde quienes se registran votan el mejor busto, el mejor cuerpo, la mejor foto robada. Por eso, en hoteles o resorts muy exclusivos en Estados Unidos se ha prohibido el acceso a la playa con móvil, decisión que también se ha tomado en algunas piscinas públicas y parques infantiles. Pero criminalizar al teléfono como si fuera un revólver no le pone coto a las mentes calenturientas.

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