Desde el fénix

José Ramón Del Río

Vuelve a casa

EL negocio del vino, amparado con la denominación de origen Jerez-Xerez-Sherry y Manzanilla de Sanlúcar de Barrameda, ha sido siempre un negocio de familia. Los Domecq y González, de Jerez de la Frontera, los Osborne y Terry de El Puerto de Santa María, los Blázquez y los Lacave de Cádiz o los Barbadillo y Delgado de Sanlúcar daban nombre a sus bodegas y vendían vinos, finos o generosos y brandys, bajo marcas diversas. Algunas, como la de Tío Pepe, conocida en todo el mundo, quizás gracias al sombrero cordobés y a la roja chaquetilla del traje corto con la que el dibujante vistió la botella, preparándolo así para lidiar al toro de Osborne.

Poco a poco, algunas familias dejaron de ser dueñas de las bodegas, adquiriendo sus acciones multinacionales que venden toda clase de bebidas espirituosas. Cada bodega distinguía sus productos con marcas determinadas y criaba el vino con la paciencia y el cariño con el que las madres lo hacen con sus hijos. Ahora se han subastado marcas que fueron de la casa Domecq, tan emblemáticas y conocidas como la del fino La Ina; de los olorosos Río Viejo, Sibarita y Botaina o de los Brandys, Carlos I y III. Para llegar a esta subasta ha tenido que ocurrir que Domecq se vendiera por la familia a una sociedad inglesa y ésta la troceara, vendiendo a uno las existencias (botas y soleras) y vendiendo a otro las marcas antes referidas. Éstas eran de la multinacional Ricard, que elabora el pernod, que es un aperitivo anisado, muy del gusto de los franceses, a los que no les han dado a probar, antes del almuerzo, una copa de Río Viejo o Botaina. Así, unos eran los dueños de las existencias y otros de las marcas. Sólo durante un período transitorio las botellas etiquetadas con esas marcas contendrán el mismo vino de ahora.

El adjudicatario de las marcas ha sido la casa Osborne. Si antes eran primos los finos La Ina y Quinta, los olorosos, Río Viejo y Bailén y los brandys Carlos y Magno, ahora ya son hermanos. Pero de primos, cada uno, era de su padre y de su madre, o sea, que tienen paladares distintos y, ahora, cuando se hermanen, salvo que se llegue a un acuerdo con el dueño de las existencias, las botellas de las marcas vendidas contendrán algo distinto a lo que hoy contienen. Muchos devotos de las marcas vendidas, entre los que me cuento, confiamos en que Osborne, con su tradicional bien hacer, no se traiga a El Puerto los vinos de Jerez, porque los pocos kilómetros que separan a ambas poblaciones se convierten en un mundo cuando se trata de criar el vino. Estamos de enhorabuena porque las marcas hayan vuelto a casa, después de viajar a Francia, porque las manos de Osborne para criar vinos finos y olorosos son mucho mejores que las de Ricard.

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