La ciudad y los días

Carlos Colón

Vuelven los autobuses de Londres

TENER años tiene la ventaja de haber visto mundos perdidos. Gracias a los que tengo alcancé el fin de los tiempos alegres y confiados del Swinging London de los 60. Visité Londres por primera vez el año en que Jesucristo Superstar se estrenaba en el Palace Theater, John Barry componía Alicia en el país de las maravillas, los Rolling Stones presentaban Exile on Main Street y Connery se retiraba de la serie Bond; aún no hacía dos años que los Beatles habían grabado su último disco, uno que Lennon había compuesto Imagine y el 11 de noviembre aún desfilaban veteranos de la Gran Guerra con sus medallas por Whitehall. Londres todavía era una ciudad amable en la que convivían los pacíficos hippies con las personas mayores que ejercitaban la legendaria amabilidad londinense. Nunca ha dejado de ser del todo amable, pero entonces lo era aún más. Era tal como la sonábamos quienes nos educamos leyendo a Dickens en la Colección Historias y a Conan Doyle en la Editorial Molino.

Uno de los más hermosos recuerdos de aquel mi Londres primero es el de las travesías ciudadanas en los primeros asientos corridos del segundo piso de los viejos autobuses rojos, que aún se podían coger en marcha saltando sobre la plataforma abierta de la que nacía la escalera de caracol que llevaba al segundo piso. Londres, que los había perdido estos dos últimos años, los va a recuperar gracias a una iniciativa municipal y a través de un nuevo modelo fabricado por Aston Martin (fabricante del coche de Bond) y diseñado por Norman Foster (el verdugo -¡ay!- del Museo Británico, en el que ha incrustado la gigantesca cúpula que ha exterminado la Biblioteca Británica).

Y es que tengo que hacer una rectificación. Quien ha escrito que tener años tiene la ventaja de haber visto mundos perdidos es el andaluz -subespecie sevillana- que soy. Porque los londinenses, los parisinos, los romanos, los vieneses o cualesquiera otros habitantes de ciudades verdaderamente civilizadas han visto desaparecer cosas, naturalmente, pero también como otras muchas sobrevivían como puertos en los que la memoria puede resguardarse del tiempo, espejos en los que los ciudadanos pueden auto reconocerse y ligaduras entre generaciones.

Este el caso de las grandes capitales europeas, pero no el andaluz. Aquí parece que el progreso y el bienestar (que se siguen entendiendo en muchos casos como brutal desarrollismo) sólo pueden alcanzarse al precio de la destrucción del patrimonio histórico, cotidiano, monumental y vegetal. No es el caso de este Londres que pronto podrá disfrutarse desde el segundo piso de un autobús rojo.

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