PASA LA VIDA

Juan Luis Pavón

Yeman de Nazaret

TIENE doce años y un verano repleto de vivencias insospechadas desde que llegó a Pilas en julio. Es Yeman, el niño palestino que vive en Nazaret y que, por su corta edad y su ubicación privilegiada en el escenario, como segundo violín de la Orquesta del Diván, llamó la atención a quienes acudieron a los memorables conciertos dirigidos magistralmente por el incansable Daniel Barenboim en el Teatro de la Maestranza con jóvenes intérpretes árabes, israelíes, andaluces y algunos refuerzos de otros lares. Yeman tiene durante dos meses la oportunidad de descubrir un mundo de libertad, igualdad y fraternidad, primero interiorizando el espíritu romántico de la música de Beethoven, Berlioz, Liszt y Wagner, y después conviviendo y viajando por una Europa que, pese a sus imperfecciones, es envidiable a los despabilados ojos de un niño que tanto odio y rencor ha visto en su tierra.

Podríamos recrearnos en glosar las excelencias de la Orquesta del Diván, que cada año va a más como admirable realidad cultural forjada por la Fundación Barenboim-Said. Y pormenorizar la proeza que supone para esos jóvenes interpretar una ópera. Y extasiarnos con el recuerdo de la soprano Waltraud Meier como una Leonora de Sevilla para los anales de esta ciudad. Pero lo más importante es que un niño como Yeman reivindique que el violín es un arma cargada de futuro y lo haga a la vera de un director judío como Barenboim y de su hijo Misha, concertino de esta orquesta estival. Y que ambos toquen al unísono uno de los cantos más hermosos a la libertad: Fidelio.

Cuando sean más y más los chavales como ellos en Jerusalén, en Ramala, en Belén, en Nablus o en Tel Aviv, las bombas serán desactivadas y triunfará Beethoven. Esa es la imagen que brillaba en los ojos de Marian Said, la viuda del intelectual palestino, cuando miraba a Yeman de Nazaret en el Maestranza mientras atronaban los vítores del público como valoración de un concierto.

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