El poliedro

José Ignacio Rufino

Zapatero, y lo que sea menester

Iglesias, poliédrico, caza en coto ajeno al señalar a José Luis Rodríguez Zapatero como mejor presidente de la democracia.

NO se atrevería uno a señalar cuál es "el mejor presidente de la democracia española". Embarcarse en ese tipo de opiniones lleva implícita una concepción personalista y paternalista de la política. Si además quien encumbra a alguien en el ranking de presidentes del Gobierno de nuestra historia reciente es un aspirante a serlo, la cosa huele a la enésima estratagema de cara a la galería en este interregno electoral en que vivimos. Hablamos de Pablo Iglesias, y de su repentino prefe, Zapatero. Con su nueva boutade, Iglesias, de paso que alimenta su insaciable vanidad, infravalora a los equipos de gobierno, a los propios partidos cuyos proyectos colectivos están detrás de las personas concretas, por no mencionar a las circunstancias favorables o desfavorables del tiempo en que un presidente desarrolla su gestión. En este caso, de nuevo, la definición de 'populista' que apuntaba aquí hace unos días Ignacio Martínez -"soluciones simples a problemas complejos"-es de aplicación: simplificar la acción política y reducirla a las personas que ostentan el cargo más visible. "Eso que seré yo, que voy a ser todavía mejor que mi repentinamente admirado Zapatero", le falta decir. Da coba a quienes consideran derechoso o facha a los muchos que tildan a Zapatero, sin mayor argumento, de memo, Mr. Bean, patético, hazmerreír, vergüenza de España. Y, por supuesto y muy principalmente, esta penúltima declaración chupacámaras de Iglesias arañará unos miles de votos al PSOE. Porque en este país nos hemos vuelto muy simples. La complejidad que vivimos nos atribuló tanto que muchos decidieron tirar por la vía de la cosmética, el disfraz, la frase ad hoc, el oportunismo. Comunista, leninista, socialdemócrata, patriota, chavista, zapaterista, jiposo, modernillo, lo que haga falta. Por un puñado (más) de votos.

En los mandatos de Zapatero se promulgaron leyes importantes. La que permitió casarse a los homosexuales, que después fue asumida por otros países socialmente más desarrollados que España. Y la de la Dependencia, para muchos la ley más democrática promulgada en este país. Y la prometida -y también imitada de seguido por otros países- salida de nuestro país de una guerra lejana que anunciaba monstruosidades cercanas. Pero fue el presidente que estableció la paridad de ministros y ministras al 50% (digo "pero" porque no puedo compartir que eso ayude a hacer las cosas mejor, sino al contrario). Y también fue durante su Gobierno cuando se negó -¿se ocultó?- la burbuja que destrozaba, silente, la estructura económica nacional; cuando a instancias de Merkel y Europa el presidente se bajó los pantalones y comenzó a recortar con urgencia el que llamamos Estado de bienestar, y cuando se salvaron bancos precipitadamente, creando un déficit público y una deuda pública galopante. Fue en su legislatura cuando se promovieron estatutos de autonomía sin control del Estado central, manifiestos repletos de bombas de relojería de cientos de páginas que todos imitaron -ah, la libertad y la tolerancia-, aunque legislaran en contra de la estabilidad de una nación poliédrica, haciendo complicada su gobernabilidad. Decir que Zapatero es "el mejor presidente de la historia de la democracia española" es bajar el listón. Preparar el asalto al ranking. Narcisista, pero lícito: todo el que opta a ese cargo desea el poder por encima de casi todo. Y en un país donde abunda la simpleza, tal afirmación tramposilla es una forma de conseguir unos miles de votos extra. Buen disparo de nuevo, señor Iglesias: varios pájaros de un tiro.

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