La crónica económica

Joaquín / Aurioles

Zona Euro

EL euro es ya la moneda oficial de los 320 millones de personas que viven en los quince países que ya integran la Eurozona, tras la incorporación de los escasos 1,2 millones de habitantes que conjuntamente aportan Chipre y Malta.

Hace justo un año lo hizo Eslovenia, cuya contribución en términos de tamaño económico y poblacional fue igualmente modesta, aunque en todos los casos positiva de cara a reforzar el principal, y casi único, símbolo de identidad que por el momento podemos lucir los europeos. Además está el orgullo de su extraordinaria fortaleza en los mercados de divisas, especialmente frente al dólar, aunque es probable que esta opinión no la compartan los exportadores europeos y, sobre todo, los fabricantes de bienes que compiten con las importaciones de países del lejano oriente, cuyas monedas se mueven al ritmo que marca la divisa norteamericana.

Y es que una moneda tan fuerte encarece todo lo que exportamos y abarata lo que importamos, lo que puede traducirse en ciertas ventajas, como las de reducir la factura algunos aprovisionamientos estratégicos como el petróleo y algunas otras materias primas, pero a costa de erosionar sistemáticamente la competitividad en general.

Un euro fuerte también se convierte en un estímulo para la inversión directa en el exterior, aunque esto también se pueda interpretar como un incentivo a la deslocalización de industrias, ya no de firmas multinacionales establecidas en el país, sino de la propia industria nacional. Sus principales consecuencias, sin embargo, son de carácter financiero, sobre todo porque, como el pasado mes de octubre señalaba Jean Claude Trichet en Malta, su nacimiento implica la mayoría de edad del Banco Central Europeo y de su política monetaria y el impulso a la formación de un verdadero mercado único de servicios financieros.

Se ha notado especialmente en la convergencia de tipos de interés y en la diversificación de las carteras de los inversores con la presencia creciente de títulos de otros países de la zona, aunque se reconoce que todavía queda un largo trecho por recorrer, especialmente en lo que se refiere a la banca minorista.

Así lo percibe la mayoría de los europeos, que considera que el euro es una pieza básica en el proceso de integración y que su valoración en los mercados de divisas es el reflejo de la credibilidad de las instituciones que lo sostienen.

Esto es lo que puede deducirse de los datos de los eurobarómetros, en los que también se reconoce que una de las principales consecuencias de la moneda única ha sido el encarecimiento del coste de la vida por encima de lo que reflejan las estadísticas sobre inflación.

Este es también el temor de malteses y eurochipriotas, aunque convendría tranquilizarles diciéndoles que a la pregunta de si preferiríamos estar fuera del euro, la respuesta mayoritaria sería, con toda probabilidad, que no. Debe ser algo parecido a lo que están considerando en el Gobierno danés, que se está planteando un referéndum este año para preguntar a la población sobre el tema, lo que significaría que, si se confirma la entrada de Eslovaquia, a estas alturas del próximo año ya podrían ser diecisiete los miembros de la Eurozona.

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