BREVIARIO

Alejandro V. Garcia

Mis abogados

EN la radio y en los diarios se anuncia una corporación de asesores jurídicos que, a cambio de 88 euros anuales, permite a cualquier español amenazar con fundamento a un compatriota con una de las frases más categóricas que ha urdido la política y el cine americano: "¡Lo hablaré con mi abogado!". Hay que reconocer que 88 euros es una fruslería al lado del poder que irradia la posibilidad de frenar en seco a un semejante y mentarle no a su madre sino a nuestro abogado. Hay quien cita a su abogado sin tenerlo, lo que constituye una fantasmada irresponsable. Yo incluso he oído amenazar al prójimo con "ponerlo en manos de mis abogados", así, en plural, lo que ensancha todavía más el poder intimidatorio de la locución pues la multiplicidad compensa la posibilidad (cierta) de dar con un picapleitos de escasa relevancia. La invocación del letrado igual sirve para achantar al vecino ruidoso del piso de arriba que para disputar con un guardia la solidez jurídica de una multa. Tener un abogado debería ser un derecho universal, como tener un ángel de la guarda, en una sociedad donde cualquier conflicto tiende a ser judicializado, es decir, estudiado por mis abogados, denunciado, pleiteado, fiscalizado, sentenciado, recurrido, perdido o ganado. En alzada o en casación, qué lenguaje. Si todo en la alta política depende de las togas ¿por qué va a ser menos la gotera del cuarto de estar?

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