José Ignacio Rufino

La abolladura es bella

USTED se acuesta teniendo un coche familiar sueco y se levanta teniendo una reliquia, un ejemplar de una especie en vías de extinción. Fiable, seguro, con su discreta carga de diseño escandinavo, nacido para durar... pues, de repente, no: desde Detroit, acodado frente a un mapamundi repleto de banderitas, un cirujano organizativo asfixiado decide que uno de los anclajes burgueses de la vida de usted se suelta. General Motors comunicó hace tres días que se deshace de Saab y, aunque la empresa declara garantizar la asistencia técnica y los recambios, no puede dejar uno de pensar si será posible conseguir uno de esos retrovisores a 500 euritos cuando, por ejemplo, a un buen hijo de su mamá -y mejor beodo- le dé una noche por elegir su calle para patear en serie todos los espejos que den a la acera por la que camina. Cargarse lo que otros tienen y tú no: esa actividad lúdica juvenil tan in por aquí abajo. La empresa creadora del motor turbo, gripada. Saab no era sueca, ni Sevillana Endesa fue catalana pero ha acabado siendo italiana; Repsol no ha sido rusa por chiripa, y en tres cuartos de hora no nos va a conocer ni la madre que nos alumbró. Qué lejos quedan los tiempos del "aterrizaje suave" anunciado por políticos mimosín, lubricantes de conciencias. Y no hace ni año y medio.

Las industrias del automóvil, después de la de la vivienda, son damnificadas directas del parón del crédito. Casi nadie compra un coche al contado, salvo una demanda muy concreta que paga en tersos binladen color granate o en fajos de arrugados billetes de procelosa proveniencia. En este mercado, los andaluces somos los primeros, sobre todo en zonas señaladas de nuestra geografía donde, entre gente normal, se asienta lo mejor de cada casa rusa, italiana o del país: el binladen de Al-Andalus va en 4x4, pagado a tocateja entre el titineo de los pulserones de oro macizo. Pero, hasta que el renting sea la forma habitual de disponer de vehículo privado, el conductor andaluz se cubaniza y parchea su coche viejo, tira de ese mecánico que no siempre cambia sino que también repara, bichea chatarrerías y, de momento, no se plantea comprar un coche nuevo que saque pecho en el parking de la urbanización.

Igual que no hay hierro en el planeta Tierra para fabricar un coche para cada chino, no hay dinero en el mercado para que un joven con 700 euros de sueldo se embarque en adquirir un cochecito con bluetooth, que estará pagando incluso cuando éste entre en la espiral de la avería continua, eso que llaman la "obsolescencia planificada". Algo así como el microfilm que "se autodestruirá pasados cinco segundos", que siempre explotaba en la cara del pobre Filemón.

De nuevo, nos queda la alternativa de hacer de la necesidad (o del vicio) virtud. Ya no eres un "tieso" -qué fea palabra acuñada en la Andalucía de la gallina del ladrillo de oro- si conservas tu coche y no tienes uno flamante cada dos o tres años. El viejo Peugeot 205 ha roto en clásico. La abolladura, ahora, es bella.

Aunque el INI del generalísimo decidió otorgar a Cataluña la pionera sede de SEAT, a día de hoy nueve comunidades autónomas tiene plantas fabricantes de automóviles, y en su conjunto suponen más de un 8 por ciento del PIB y nada menos que el 26 por ciento de las exportaciones españolas. En 2008 se vendieron en nuestro país casi medio millón -medio millón- de coches menos que en el año anterior. Y desde las lunas de los concesionarios te agarran la mirada con ojos de vendedor de kleenex de semáforo.

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