La ciudad y los días

Carlos Colón

No a la abstención

TERMINABA ayer preguntándome si es tan difícil que los grandes partidos entiendan, siquiera en nombre de los muertos que les unen, la urgencia de que se pongan de acuerdo en la lucha contra el terrorismo. Hoy me permito pedirles que no dejen de ir a votar, entre otras muchas razones porque los asesinos y sus cómplices piden la abstención. Voten a quien quieran y, si no quieren votar a nadie, voten en blanco como mal menor. Pero no se abstengan. La abstención es un rechazo, no al momento que viven los partidos políticos (eso lo representa el voto en blanco), sino al sistema democrático. Éste es perfectible siempre, especialmente el nuestro que precisa ajustes técnicos; pero la perfección es la meta de los iluminados y la excusa de los totalitarios. La democracia, por el contrario, supone esa forma de madurez que es aceptarnos tal como somos sin por ello desistir de ser mejores.

Los partidos y políticos españoles no son los mejores del mundo; ni tan siquiera quienes hoy concurren al proceso electoral se cuentan, en mi opinión, entre los mejores que hemos tenido en nuestra breve historia democrática; pero son quienes legítimamente aspiran a gobernar España y representarnos. Voten en libertad para después criticar -como aquí mismo tantas veces hago- también en libertad. Abstenerse no es criticar, es impugnar el sistema democrático, desentenderse del destino común, desistir de un derecho que durante muchos años no hemos tenido.

Es cierto que votar sólo es obligatorio en los trucados referendos de las dictaduras, que alcanzan cifras de participación imposibles (como la del 89,1 por ciento del referéndum de 1966 para la Ley Orgánica del Estado). En una democracia votar es algo mucho más hermoso que una obligación: es un derecho ejercido, un acto de responsabilidad solidaria, una proclamación de convicción democrática, un depósito de confianza no ciega ni acrítica. La democracia es la madurez política de los pueblos -por algo hubo que esperar veintitrés siglos para que la idea nacida en Atenas empezara a universalizarse- y votar es un síntoma de la madurez política de los ciudadanos. No sólo votar, desde luego, porque la democracia no es fiesta de un día y siesta de cuatro años; pero votar es el gesto primero que hace posible la vida del sistema que permite la participación de los ciudadanos en los asuntos públicos. Hoy, Domingo de Pasión, es un día señalado para muchos sevillanos. Pero sobre todo es un día señalado para todos los sevillanos que estamos llamados a elegir a quienes gobiernen nuestra región y nuestro país, manifestando así nuestra confianza en la democracia.

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