La ciudad y los días

carlos / colón

Mi abuela ya lo sabía

Los preciosos ridículos de las ciencias se están hartando de largar lugares comunes como si hubieran descubierto la pólvora. Ahora se descuelgan con que el sofá mata y la televisión atonta. Lo mantienen investigadores de varias universidades americanas tras 25 años de estudios: "Bajos niveles de actividad física y altos niveles de consumo de televisión se asocian con peor rendimiento cognitivo". ¿Y para esto necesitaron 25 años de investigaciones? Sin necesidad de un cuarto de siglo de experimentos y estudios mi abuela decía: "La cama se come al hombre"; quizás porque era de Porcuna y en la red he encontrado una página de refranes y dichos populares porcuneros que incluye este: "Al hombre pobre la cama se lo come", lo que aúna descubrimientos médicos y psicosociales al fundir marginalidad, depresión e inacción. Mira por dónde, los de Porcuna descubrieron estas cosas mucho antes que los científicos de las universidades americanas y que sus colegas de The Lancet (que es como L'Osservatore Romano de la ciencia), que hace cuatro años publicaron un revolucionario e iluminador estudio sobre lo malo que es el sedentarismo para la salud. Lumbreras que son. Si no lo llegan a publicar los de The Lancet o los americanos del cuarto y mitad de sesudas investigaciones seguiríamos pensando que no moverse del sofá hasta acabar como un barril es estupendo para la salud.

Un amigo mío y más aún de la noche, que apropiadamente tiene por apellido el color de los gatos noctámbulos, le gastó una humorada a otro amigo también dado, digámoslo así, a retirarse tarde. Tras acostarse ambos a las claras del día le llamó a media mañana, sorprendiéndose de que aún estuviese durmiendo. "¡La cama se come al hombre!" le espetó al desdichado que no hacía ni tres horas que se había acostado. Como mi abuela, él también sabía lo que a los investigadores americanos les ha llevado 25 años.

Mi padre, hombre de letras y no de ciencias, tenía aversión a las camillas porque, decía, esclavizaban. ¡Por lo a gusto que se está en ellas!, le replicaba yo, que les profeso devoción desde las interminables tardes de Regina con olor a la alhucema que mi abuela porcunera echaba sobre el cisco picón. Ese es el peligro, me contestaba, que te acobardan y te impiden hacer cosas: otro que se adelantó a las lumbreras científicas. En cuanto a que las muchas horas de televisión atontan, ya lo sabía Franco sin necesidad de pasar por Harvard o el MIT.

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