Crónica personal

Carmen Ferreras

Cuando se acabe el verano

ODIO que se acabe el verano. Me gusta. Disfruto. Leo. Nado. Amo. Viajo. Juego. Dispongo de lo que menos tengo durante el resto del año, tiempo, incluso para no hacer nada. Y eso que nunca estamos mano sobre mano. Y menos en verano. Siempre hay algo que hacer, aunque no lo contemplemos como un trabajo. Odio que se acabe porque el estío es corto y perezoso, pero hermoso y lleno de luz cuando las nubes permanecen en la retaguardia del cielo y no salen a pasear su blanco y evanescente cuerpo retando al sol. Entre que vienen mal dadas meteorológicamente y el invierno fagocita a la primavera, como ha ocurrido este año, el verano se ha reducido sensiblemente. Aunque tengamos un otoño caliente, que puede serlo en lo social, nada será igual. Los días se acortan, la luz cede terreno a la oscuridad, y todo vuelve a esa normalidad a veces anormal de la rutina.

No me gusta la rutina. Hay que escaparse de ella como el que escapa del diablo si lo ve venir. La rutina es tediosa. Es esa línea continua que el día a día establece en nuestra vida y que conforme pasan las semanas y los meses, salvo que seamos capaces de burlarla con mil pequeñas cosas, se torna más soporífera y cargante. El verano tiene más atractivos que el invierno por mucho que se empeñen en buscarle al frío, por la nieve, un encanto que no termino de ver. Son más las estaciones del trabajo y de la rutina, que se concatenan y confabulan frente a esta del ocio a medias que hemos empezado a disfrutar un poco tarde por culpa de la meteorología y que casi todos los años acaba con el reinado de la primavera, el más fugaz en el calendario meteorológico.

El invierno es abrigo y el verano es desnudo. Hay una diferencia notable. Es como si te quitases un peso de encima. Como si dejases a tu cuerpo respirar después de haberlo tenido encorsetado, tapado y a buen recaudo. El verano devuelve la vida al cuerpo que se puede mover a sus anchas, que se desnuda para recibir al sol y al agua, que se desinhibe y provoca. Incluso las canciones tienen más ritmo, se tornan más pegadizas. Recuerdo la estrofa de una vieja canción cargada de verdad que decía: "Las chicas mucho más guapas se ven, estar bronceadas les sienta muy bien, en verano". Y es que el verano hace todo apetecible. En verano no hay árbol de fruta prohibida y los paraísos perdidos se tornan más cercanos.

Cuando agosto se agoste, habrá que empezar a pensar que el verano se acaba. Y esa sensación no me gusta. Los colegios vuelven a abrir sus puertas, se acaban las rebajas de verano y los escaparates vuelven a vestirse de invierno. Que pena que el verano sea tan corto. De qué nos sirve que el invierno sea más caliente de lo habitual y el otoño suavice su llegada si el verano, que es la trasgresión, más que el carnaval, y sin careta, es un hola y un adiós que hay que vivir a tope porque el reloj juega siempre en contra.

Ahora no nos percatamos de esa realidad. Es julio. Estamos de vacaciones o a punto de engancharnos a ese carro tan conveniente para nuestra salud. Nos daremos plena cuenta cuando se acabe el verano. Y queda ya tan poco. Disfrutemos, por favor.

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