La tribuna

José A. De La O Castro

¿Quién se acuerda de la cumbre de París?

ES fácil estar de acuerdo con que el mito de la colaboración altruista entre los humanos no se sostiene, pero el hecho de no participar en esas creencias ¿supone tener que conformarse con las consecuencias del egoísmo?

Quizás el ejemplo de insolidaridad más flagrante sea el cambio climático y, pese a ello, sigue siendo uno de los problemas más acuciantes que tiene el género humano en un plazo cada vez más corto, uno de los mayores condicionantes del desarrollo económico y la clave del surgimiento de un nuevo modelo energético. Hay que destacar que el calentamiento global es un hecho contrastado que está produciendo cuantiosos daños como resultado de la actividad humana.

El cambio climático no deja de ser un conjunto de responsabilidades comunes y, valga la contradicción, también diferenciadas. Cada país, cada habitante, contribuye de forma distinta a ese cambio, lo cual no debe ser óbice para que todos, cada uno en su medida, se impliquen y contribuyan a su mitigación. Habría que añadir, en ese sentido, que el cambio climático es una cuestión de enorme dificultad y está considerado como el elemento más arduo en la historia de las negociaciones internacionales

Pese a lo anterior, y después de más de 20 años de reuniones más o menos fracasadas, el 12 de diciembre de 2015 se firmó el Acuerdo de París sobre el cambio climático. La consideración de la mayoría de políticos, medios de comunicación y de muchas organizaciones internacionales fue, en ese momento, que el mundo había dado un paso fundamental hacia un planeta libre de carbono. El 22 de abril de 2016, 155 países ratificaron el Acuerdo en una reunión de alto nivel celebrada en Nueva York, aunque el plazo, para aquellos que no lo hayan hecho, está abierto hasta abril de 2017.

Entonces, si está todo el mundo de acuerdo, está todo tan claro y el peligro es tan real, ¿por qué no se avanza con más rapidez y contundencia? La respuesta, como en muchos casos, es económica. Lo que se está planteando es el cambio de sistema energético global. De un modelo altamente contaminante basado en los combustibles fósiles, a otro que descansa sobre energías limpias y una mayor solidaridad entre países e individuos.

La razón de los retrasos de la puesta en marcha de las medidas necesarias reside en que, aun en el supuesto que se contara ya con unas energías limpias y a precios de mercado, hay un elemento fundamental y que está por resolver: la existencia de un modelo de producción de energía que está valorado en unos 10 billones de dólares. Entre sus elementos: centrales de carbón, automóviles, aviones, barcos, gasoductos, oleoductos y otras conducciones, a los que se les calcula un mínimo de entre 10 años y 15 años para amortizar la inversión, y que si se dejaran fuera de uso supondrían pérdidas multimillonarias para el conjunto de la sociedad.

Al margen de estas dificultades, el Acuerdo es el comienzo de una nueva etapa, pero sólo el comienzo. Es una cuestión de tiempo y de minimización y reparto de costes que se vaya instaurando un sistema energético respetuoso con el clima y que rompa la inercia de un modelo productivo basado en el binomio desarrollo económico y contaminación ambiental.

Sin embargo, no nos engañemos, el acuerdo no va a salvar el clima, pero al menos conseguirá que afrontemos la certeza de un fenómeno que, producto de la acción humana, ha contado, hasta ahora, con una falta de atención impropia de su envergadura. ¿Quién se acuerda, pues, de la Cumbre de París? Todos, aunque unos más y otros menos, porque la realidad, aunque de forma diversa según los países, se impone.

El cambio climático sigue vigente, cada vez se suceden con más frecuencia fenómenos meteorológicos anómalos y excepcionales, lo cual nos lleva a considerar que, estando así las cosas y aunque se estén tomando medidas, el calentamiento del planeta ya se está produciendo, lo cual significa que habrá que adaptarse a ciertas modificaciones en nuestra forma de vivir.

Hasta ahora nuestra pretendida ignorancia nos ha conducido a unas vacaciones de la realidad que están teniendo como resultado un coste que se irá acrecentando cuanto más tiempo tardemos en reaccionar. El cambio climático y sus efectos tienen una doble característica, son iconos del egoísmo y de la holganza de lo real.

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