debate del estado de la nación Los dos primeros espadas echan dignamente el telón de sus cara a cara

El adelanto electoral está servido

Zapatero insiste en que agotará la legislatura para completar la hoja de ruta de las reformas pendientes, pero da muestras de que las elecciones serán en otoño

SI no fuera porque los últimos barómetros del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) les sitúan entre los líderes políticos con menos credibilidad de la historia democrática, el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, y el líder de la oposición, Mariano Rajoy, podrían estar moderadamente satisfechos del Debate del estado de la Nación que protagonizaron el pasado martes.

Tras demasiadas sesiones de control instalado en la pura melancolía, Rodríguez Zapatero reaccionó y, al menos, se enfadó ante las críticas demoledoras de Rajoy, que, para exigir finalmente el adelanto electoral, le golpeó sobre la falta de confianza que su Gobierno ha generado en los mercados y en la ciudadanía. Estuvo brillante cuando definió al líder de la oposición como el perro del hortelano, pero se pasó cuando se arrogó la instauración de la política de becas. En cualquier caso, la bancada socialista, algo depresiva tras los resultados electorales del 22-M, agradeció a su líder el arrebato.

El discurso de arranque resultó plano y falto de chispa, pero no careció de solidez. Era el que tenía que hacer y lo hizo. Ofreció un diagnóstico creíble de la situación económica, con la creación de empleo a la espera de un crecimiento que aún resulta insuficiente; explicó los tres ejes de actuación de su Ejecutivo -la consolidación fiscal, las reformas y la cohesión social- en aras de un cambio del modelo productivo que genere más productividad y competitividad, y defendió su legado con convicción, más allá de una coyuntura poco favorable para tirar cohetes. Lo mejor lo ofreció cuando, con el traje de estadista puesto, pidió un esfuerzo colectivo más allá de las elecciones de 2012, gobierne quien gobierne, e hizo un guiño al movimiento 15-M y a la izquierda.

Aunque insistió en que agotará la legislatura para completar la hoja de ruta de las reformas estructurales pendientes, dio muestras -muy elocuente su agradecimiento al Grupo Socialista- de que el adelanto electoral está servido y de que sólo le falta señalar la fecha exacta de una cita inaplazable en un otoño que será más electoral que caliente. Es verdad que, a tenor de lo dicho por los portavoces del PNV y de CC -sin olvidar que la sociedad del PSN con UPN en Navarra obliga a Carlos Salvador a apoyar al Gobierno-, el respaldo parlamentario lo tiene garantizado. Pero, una vez completadas algunas de las reformas más urgentes -sistema financiero, mercado laboral, pensiones e hipotecas- y aprobado el techo de gasto, la aprobación de los Presupuestos de 2012 entra en un terreno que forma parte ya de una nueva legislatura, del cambio de ciclo político que barruntan los resultados de los pasados comicios locales y autonómicos. Asumido que el PP no se saldrá tampoco de la senda marcada por la UE y el FMI en materia de reformas -Rajoy dijo que "hay que hacerlas, hay que hacerlas de verdad y hay que hacerlas todas"-, lo lógico es que las cuentas públicas del próximo ejercicio sean elaboradas por quien tendrá que gestionarlas. En ningún caso, Rodríguez Zapatero podrá hacerlo durante el ejercicio completo.

En el caso del presidente del PP, pues no se achantó y mejoró en la réplica, su asignatura pendiente en los siete largos años que lleva como líder de la oposición. Después de incontables meses situado de perfil, sin necesidad -sus asesores le insisten en que se limite a no meter la pata de forma ostensible y a esperar-, Rajoy se encaró con un Rodríguez Zapatero que le acusó de falsear algunas cifras -deuda pública y renta per cápita, principalmente-, de poca voluntad para entrar en el fondo de los problemas y de pecar de nuevo de falta de propuestas. Encuadró de forma muy medida la política del presidente del Gobierno en el universo larriano del vuelva usted mañana, pero manejó algunas cifras con escaso rigor pese a que las más sustanciales resultaban por sí solas demoledoras. En cualquier caso, la bancada popular, totalmente entregada a su líder, se entusiasmó sin llegar, eso sí, al mitinero "¡presidente, presidente!" que hubiera resultado excesivo por el empedrado.

En su primer discurso, Rajoy no se salió del guión: martillo pilón contra Rodríguez Zapatero y contra el Gobierno, y petición de adelanto electoral. Sin rastros de propuestas -es verdad que existen pero no las airean en exceso, reclamó un "tiempo nuevo" que pasa por citar cuanto antes a los españoles a las urnas.

En definitiva, el Debate del estado de la Nación ha sido el preámbulo del fin del mandato de Rodríguez Zapatero. En pocos meses, Mariano Rajoy y Alfredo Pérez Rubalcaba buscarán sucederle en unos comicios marcados por el paradigma de la experiencia y la eficacia, muy lejos del funambulismo político de las dos últimas legislaturas.

Para evaluar la gestión del leonés habrá que buscar la perspectiva adecuada que sólo ofrece el paso del tiempo. Es verdad que la actual coyuntura económica no le resulta nada favorable, con la losa de casi cinco millones de parados. Pero algo parecido le ocurrió al canciller alemán Gerhard Schröder. Al socialdemócrata, que protagonizó impopulares reformas estructurales antes de la crisis -le costaron la perdida de las elecciones ante Angela Merkel-, se le reconoce hoy gran parte de la fortaleza de la economía alemana.

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