Abel Veiga / Copo

En el adiós de Manuel Fraga

SOMOS lo que hemos sido y seguiremos siendo para los que fuimos. Sólo el olvido muere. Sólo el silencio nos rompe. Manuel Fraga, una vida dedicada al servicio del Estado, de España y de Galicia, ha sido un gigante político. Un hombre de una talla intelectual extraordinaria, de una dialéctica arrolladora, culto, preparado, académico brillante, teórico político, letrado de cortes, diplomático, erudito, y por encima de todo un animal político, que a nadie ha dejado indiferente. Admirado y querido por unos, denostado por otros, fue una de las claves de la Transición española cuyo principal mérito fue arrastrar a la derecha del franquismo a la derecha moderada de hoy. La otra derecha más aperturista y más centrada la encarnó y fue atraída por otra de las grandes figuras de aquellos años, el presidente Adolfo Suárez, que durante cuatro años arrebataría decenas y decenas de escaños a un Fraga Iribarne que en junio de 1977 obtuvo con aquella AP de los siete magníficos sólo dieciséis escaños. Dos años después en las parlamentarias de 1979 obtendría solo diez escaños. El hombre que se creía ser el nuevo Cánovas del Castillo para pilotar el paso a la democracia no obtuvo el respaldo de las urnas, tampoco fue nunca presidente del Gobierno. Lo anheló, lo buscó, pero no lo consiguió. Sí colmarían sus ansias y sus desvelos la Presidencia de la Xunta durante cuatro legislaturas consecutivas, de 1989 a 2005.

Si de la infinidad de imágenes que a lo largo de toda su vida pública hubiera que elegir una, la opción es clara, la presentación de Santiago Carrillo en el club siglo XXI y el abrazo que los dos políticos se dan. Ese instante recoge una de las mejores imágenes de nuestra Transición y cerraba viejas heridas entre derecha e izquierda. Fue un hombre excepcional para un tiempo excepcional, con aciertos y errores, equivocaciones como las de todos, con carácter indomable y enérgico, con una autoridad moral y política a prueba de bomba, con credibilidad y sobre todo, con convicción. Un político de convicciones, profundamente católico. Detestaba la mediocridad, la mentira y las medias tintas. Enérgico, impulsivo y decidido. No trajo ni ataduras ni tampoco complejos de su etapa política durante el franquismo. Algunos hasta hace días aún se lo recordaban y siempre le increparon por eso. Gracias a él, y a gente como él, fue posible la concordia, la reconciliación de esas dos Españas maniqueas y de trinchera cainita y visceral. Fue un servidor del Estado, lo tenía en su cabeza, era su pasión.

A nadie ha dejado nunca indiferente. Este torbellino de fuerza y carácter, de dialéctica y oratoria brillante, incombustible en la derrota y en la victoria, enérgico en su apuesta política y concepción del Estado, dijo adiós definitivamente a la política después de toda una vida dedicada en cuerpo y alma a la misma el pasado septiembre. Ejemplo de pundonor y coraje, de bravura e ímpetu, sólo el tiempo ha ido apaciguando las formas y el discurso. Debió dejar la política antes, pero Fraga ha hecho siempre lo que él ha querido.

Académico fecundo y brillante, escritor y teórico del que sólo queda leer su ingente producción tanto científica como divulgativa prácticamente inabarcable y que se inicia desde su último curso de Derecho como alumno, funcionario, cátedro, político, ministro, vicepresidente, diputado, europarlamentario y diplomático. Manuel Fraga lo ha sido casi todo, o lo que es lo mismo, todo menos su eterna aspiración a ser presidente del Gobierno. Lo intentó con ansia, entusiasmo y esfuerzo hasta que se dio cuenta de que nunca lo lograría. Galicia colmó para siempre sus aspiraciones con cuatro mayoría absolutas y una quinta victoria al que restaron menos de diez mil votos para renovar una quinta. Aquella salida del Gobierno gallego deja en él un poso de nostalgia y cierta derrota. Alguna vez aspiró a ser el Franz Josef Strauss de Galicia, el gran líder democristiano bávaro, y a buena fe que lo logró. Galicia no sería hoy lo que es sin el impulso y la acción de Fraga en los últimos veinte años.

Para muchos es un personaje carismático, para muchos otros es contradictorio. Merece ser destacado su espíritu innegable de servicio público y una honradez y honestidad pública y privada sin mácula. Un hombre de Estado, al servicio del estado y de España y de Galicia, con sus luces y sombras, era el único padre de la Constitución que seguía en activo. Irrepetible y único, su mayor virtud o una de las mejores fue haber sabido evolucionar de aquella dictadura al presente, de aquella derecha glaciar a una derecha reformada, cívica, dialogante y moderada. Tiene por méritos propios su lugar en la historia de este país y de Galicia. Algunos seguirán siendo lo que fueron, muy pocos. Porque ganaron al olvido. El olvido que seremos borgiano.

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