RELOJ DE SOL

Joaquín Pérez-Azaústre

Desde ahora

El nuevo presidente, sea el que sea, tendrá cara de póquer sin tapete, y una colección de ases en la manga que no podrá enseñar ante las cámaras. El nuevo presidente, sea el que sea, deberá marcarse un único objetivo para los cuatro años venideros: dotar de dimensión, tacto y volumen al viejo pacto por las libertades y contra el terrorismo, de manera que tanto el partido del Gobierno como el de la oposición olviden de una vez políticas pasadas, encuentros, desacuerdos, acercamiento de presos, movimiento de liberación vasco y negociación con control parlamentario, porque nada de eso vale ya, ni el debate nos sirve, y mucho menos el uso electoral del terrorismo.

En los últimos cuatro años, cansados y arrogantes, nos hemos acostumbrado a la erosión constante de nuestra vida pública, y hemos visto muertos voladores saltando de un lado a otro de la política activa, como saques directos de un partido de tenis cetrino y desfasado, doblemente mortificador por el desgaste ético y el agotamiento escénico. A partir de hoy, nada de eso vale ya, todo está desfasado, pertenece a anteayer, está caduco. Creo que es evidente que cualquier línea de negociación entre el Gobierno y cualquier banda terrorista debe darse ya por concluida, sin que esto signifique una censura enjuta, retroactiva, contra cualquiera de los gobiernos anteriores que la llevó a la práctica. El Gobierno, representante de la ciudadanía libérrima, puede sentarse a hablar con el lehendakari, que para eso se lo ha ganado en la disputa pública del voto, y tiene ese derecho democrático, pero en ningún momento deberá volver a hablar con terroristas. Partiendo de la incuestionable buena fe de tantas estrategias anteriores, creo que la autocrítica sólo debe mirar hacia el futuro, y que ya no es momento de recriminar a unos si abusaron de bondades humanistas ni a otros si, en su día, trataron de trocar las políticas penitenciarias buscando el aire calmo de la paz.

Ahora, lo que urge, lo que vive y late e importa ahora, es trazar la línea divisoria, cerril, incuestionable, separadora al fin, liberadora, entre el mundo democrático y el mundo delincuente. En el mundo democrático caben todos los que hacen de la voz un instrumento, del voto un fin abierto, de la palabra escrita una plenitud de construcción; en el mundo delincuente, por el contrario, sólo están presentes quienes hacen una apología de la violencia. Si diferenciamos claramente estos dos bandos sin necesidad de que mueran nuevas víctimas, la democracia entera habrá empezado a ganar sobre la mafia del terrorismo vasco. Nada de mirar hacia el pasado. Ni recriminaciones, ni improperios, un solo frente unido por la libertad de todos frente a la tiranía de los crímenes. Porque son criminales, no políticos. Y porque contra el crimen brutal, organizado, sólo cabe el seguimiento estricto de la ley.

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