El poliedro

Ser alemán y del sur

El profesor Donges cree que la solución para conservar nuestro estatus está en innovar, ser productivos y formar

Apesar de su nombre, el profesor Juergen B. Donges habla español mejor que la mayoría de los españoles, y esto no es sólo debido a que naciera en Sevilla, como así fue hace más de sesenta años. Él es alemán-alemán, y esta semana, en el Museo del Baile Flamenco -improbable marco- pronunció una conferencia sobre la situación económica mundial. Donges ha sido presidente del comité de cinco sabios que asesora al Gobierno alemán, y confirma todos los tópicos buenos sobre los alemanes al impartir un discurso estructurado, preciso y con propósito, no exento de un toque pasional que, abundando a la inversa en el tópico, podría confundir el oyente con la soberbia y el rigor formal que se atribuye a los teutones. Por cierto, no llegaba a veinticinco el número de personas que escuchamos a este sabio en perfecto estado de revista. Llegó cinco minutos antes, el horario de su AVE sólo permitió tres preguntas; nada de entrevistas, no me quedo al cóctel.

Algunas de las comillas que he encontrado en la cuartilla que me mantuvo atento a la impagable revisión de la realidad económica que Donges hizo en menos de una hora: "la crisis va para rato", "a las cajas de ahorros españolas ya les tocará", "desconfianza descomunal entre bancos", "las energías renovables son una respuesta sólo para los políticos", "es necesario intensificar la competencia" y, cómo no, "hay que flexibilizar el mercado laboral". Donges concluye que "el Estado del Bienestar tiene muy poco futuro". Viniendo de un hijo de la patria donde nace ese concepto, que mezcla el afán del progreso desde el respeto al mercado con el afán de la igualdad, la afirmación tiene mucha miga. De todas formas, la base de su discurso fueron los cinco rasgos de la crisis que ataca a las expectativas y, por tanto, a la economía financiera y a la economía real.

Primero, la incertidumbre financiera, derivada del miedo que tienen los proveedores del combustible económico, los bancos.

Segundo, la incertidumbre derivada del petróleo, de sus verdaderas reservas, así como la creciente demanda de crudo por parte de China, India y otros países que quieren ser como nosotros. Tercero, la inseguridad que proviene de la inflación agroalimentaria, que a su vez se origina en la dedicación de cereales a biocarburantes de moda y al mayor consumo de lácteos y carnes por parte de quienes hasta ahora sólo comían arroz y arroz.

Cuarto, los déficits exteriores tremendos que padecen algunos países, Estados Unidos a la cabeza, pero España también (y más, en proporción, ¿qué vamos a hacer con eso?). Quinto, los fondos soberanos, que no son más que fondos de inversión pero que pertenecen y son gestionados por estados (China, Rusia, Emiratos Árabes, Singapur). Si buscan rentabilidad, bienvenidos, según Donges, pero, si lo que buscan es invertir en empresas occidentales -Aeropuerto de Fráncfort o de Barajas, E.ON, Endesa- y así controlar geoestratégicamente el cotarro, ya da más grima: ¿vamos a crear leyes para protegernos de las empresas públicas chinas, de Gazprom o similares, cuando hemos estado vendiendo la libertad de circulación de capitales a nuestro beneficio durante años, como principio de fe?

Al parecer -eso piensa Donges- la solución para seguir manteniendo nuestro estatus planetario no está en otro sitio que en la innovación, en la productividad y en la formación. En realidad, todo está en esto último, en crear capital humano e intelectual según la jerga al uso. Lo que sucede es que del dicho al hecho van muchos años, y las elecciones son cada cuatro años.

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