La tribuna

José Torné-Dombidau Y Jiménez

Más allá de la economía

PUEDE que en otros países la llamada crisis sea sólo económico-financiera. Pero tengo para mí que en España esa grave dificultad económica súmase a otra grave vicisitud de naturaleza política. Son, pues, dos grandes problemas de la convivencia nacional los que, a mi entender, aquejan específicamente a nuestro país: por una parte, una innegable -al principio, negada- depresión económica (llega ya a recesión) y, por otro lado, la coincidencia con una serie de factores y causas que creo han generado, más allá de la crisis económica, una delicada crisis política. En consecuencia, los españoles tenemos dos por una.

Estamos, pues, en un momento de ruptura en el funcionamiento del sistema político y social español, en un trance de colapso en que ha caído el proceso vital de la sociedad española más allá de la economía. Por eso, nos va a costar más salir de ésta coyuntura y más tarde. Es muy ilustrativo acudir a las ciencias sociales o a la filosofía para captar con definición el fenómeno que trato. Así, el profesor y gobernante ecuatoriano R. Borja acude a Gramsci y a Ortega para ofrecer un buen concepto de crisis en su doble vertiente política y social. El primero dijo que ellas surgen "cuando lo que tiene que morir no muere y lo que tiene que nacer no nace". Quiere dar a entender que son un desorden o una interrupción del curso de la vida social. El filósofo español, por su parte, describió las crisis como el caducar de un sistema de creencias básicas no reemplazadas, y afirmó: "Un hombre, un grupo o una época está en crisis mientras vive entre dos creencias, sin sentirse instalado en ninguna". Ya tenemos el retrato conceptual. Vayamos a la realidad española.

La tesis que sostengo es que, lamentablemente, ha coincidido para España una época de transformaciones políticas y sociales, llevadas a cabo por los gobiernos Zapatero, sobre todo en la primera legislatura, con una onda global depresiva en lo económico. Muestra de esas transformaciones -la mayoría alcanzadas sin consenso ni mandato electoral, que es lo grave- pueden ser: el cambio del modelo de Estado por las escandalosas reformas estatutarias (posiblemente ultra vires); reformas en el orden matrimonial y familiar; repentina mudanza en asuntos exteriores; pretensión fallida de acabar con el terrorismo por el diálogo; sectarismo en las políticas emprendidas; maridaje con independentistas y nacionalistas extremos, etc. Añádanse a la fórmula las deficiencias y males crónicos de la propia economía española. Ya podemos imaginarnos el alcance de este dramático -o más- combinado.

Por tanto, no es sólo crisis económica para nuestra sociedad. Excede, a mi juicio, de ése ámbito y se interna directamente en entrañas políticas. El siguiente paso es preguntarnos cómo se debe de salir de este túnel. El Gobierno, se supone, pretende acometer la proeza él solo. Va a ser muy difícil que lo consiga. Mi opinión es que el Gobierno debe abrirse a aceptar ayuda. No es cuestión de ideología. El problema no se resuelve con un solo credo político. Cuando existe la tragedia que existe en nuestra sociedad de un paro galopante, un crédito bancario inexistente, una actividad industrial bajo mínimos y un negro horizonte colectivo de dudas y problemas de gran calado, no hay Gobierno que lo remedie. ¿Qué hacer?

Mi propuesta es que el Gobierno y la oposición, todos los partidos políticos, los sindicatos, organizaciones empresariales y demás agentes sociales, deben ser convocados para resolver el enigma. Frente a la crisis, pacto nacional. No hay otra manera de acabar pronto y satisfactoriamente con este tiempo de ruina y penuria. Afortunadamente, los españoles contamos con un magnífico precedente que solucionó, en su tiempo histórico, los graves problemas económicos, pero también políticos, de la convivencia nacional: los Pactos de La Moncloa, propuestos por un hombre de Estado, Adolfo Suárez, y discutidos y firmados por todos el 25 de octubre de 1977.

Hoy se debería hacer lo mismo. Se necesita un gran acuerdo nacional sobre materia económica, por supuesto, pero también para consensuar grandes temas políticos y constitucionales que, cual melón, han sido abiertos irreflexivamente por los gabinetes Zapatero y están planteados delante de los españoles por decisión unilateral de un gobierno inmaduro y temerario. Aquellos Pactos de La Moncloa consiguieron conducir al país por la senda constitucional y de la prosperidad en momentos sensibles para la salud nacional. Y se consiguió. Aprovechemos esa feliz experiencia, y ante la misma enfermedad (crisis profunda), usemos el mismo remedio. No sería exagerado pedir un Gobierno de concentración.

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