La tribuna

Rafael Caparrós

Las ambigüedades de Obama

EL histórico triunfo electoral del carismático Barack H. Obama, el 44º presidente de los EEUU, en una carrera presidencial tan prolongada como llena de tensiones políticas intrapartidarias (Obama-Clinton en el Partido Demócrata y McCain-Romney-Huckabee en el Grand Old Party), suscita en realidad muchas más preguntas que respuestas. Porque, más allá de lo habitual en las confrontaciones electorales, su programa electoral es modélico en cuanto a unas tan ambiciosas como calculadas ambigüedades políticas, que, para mayor confusión del electorado, se ha sometido a su soberano enjuiciamiento en un momento de gravísima recesión económica y de inequívoco regusto a fin de una época.

La actual crisis de los EEUU es multidimensional. No es sólo profunda y previsiblemente duradera en lo económico y en lo financiero, sino también en lo político (¿qué papeles corresponderán al Estado y al mercado tras el crash de octubre?) y en lo cultural (¿qué papel va a desempeñar la omnipresente religión en la política tras la venturosa marginación política del fundamentalismo neoconservador?), por no mencionar su política exterior, hasta ahora presidida por el unilateralismo y las guerras preventivas de las administraciones Bush (más allá del regreso de las tropas de Iraq, ¿será capaz Obama de liderar debidamente el encauzamiento de los actuales problemas globales?, ¿se acentuará bajo su mandato la tendencia destacada por Paul M. Kennedy al declive del Imperio Americano?). Ninguna de estas importantes preguntas encuentra respuesta en el programa electoral del nuevo presidente electo.

Sus dos principales ofertas electorales han sido las de una nueva política energética, hábilmente conectada con la digitalización de la economía productiva, y una nueva política sanitaria universal que cubra a los casi 60 millones de norteamericanos desprotegidos.

La primera gira alrededor de un ambicioso plan de innovación en infraestructuras tecnológicas, que permita dinamizar la economía americana y "romper la tiranía del petróleo". Este plan digital cambiaría el modelo productivo y revitalizaría la democracia, favoreciendo la transparencia y la participación, mediante un Gobierno "abierto" a las opiniones de los ciudadanos en la toma de decisiones ejecutivas y legislativas. Pretende asegurar el intercambio gratuito de información entre los norteamericanos a través de internet y utilizar la tecnología y la innovación para reducir los costes de la seguridad social, animar al desarrollo de energías renovables y mejorar la seguridad pública. Quiere "mejorar la competitividad de América con la inclusión digital". Obama cree que Estados Unidos se juega su liderazgo si no modifica su actual modelo económico, demasiado dependiente del petróleo y del ladrillo.

También quiere reducir la creciente emisión de gases de efecto invernadero -"sabemos que el cambio climático es real"- con un potente programa de eficiencia energética, que permita ahorrar el equivalente a todo el petróleo que EEUU importa del Golfo Pérsico. Propone una reducción de impuestos que beneficie a 150 millones de contribuyentes de clase media y ha prometido la exención fiscal a los mayores que ganan menos de 50.000 dólares, y rebajas considerables a los pequeños propietarios atrapados en la crisis hipotecaria. Esta reorientación fiscal se financiaría con nuevas tasas sobre las ganancias de capital y sobre el patrimonio de los más ricos.

Ahora bien, con el gigantesco déficit público estadounidense, el mayor del mundo, y el constante agravamiento de su crisis económica -como anteayer decía Paul Krugman, "la ideología antiestatal del Gobierno Bush sigue impidiendo que se tomen medidas efectivas (...) Todo se está yendo a pique"- es muy dudoso que Obama pueda contar con el dinero público necesario para cumplir sus ambiciosas promesas electorales: la prestación universal de servicios sanitarios, las nuevas infraestructuras tecnológicas, un nuevo plan nacional de educación para el siglo XXI, la lucha contra la creciente pobreza o una reforma integral de la inmigración.

Y, desde luego, necesitará esgrimir una portentosa capacidad de maniobra política para "comunicar a los lobbistas, que creen que su dinero y su influencia hablan más alto que las voces de los ciudadanos, que no son los dueños de nuestro Gobierno". Porque el efectivo sometimiento político de los todopoderosos grupos de presión al interés general del país es la asignatura pendiente de todos los gobiernos demócratas que en USA han sido.

¿Podrá el carismático presidente Obama -naturalmente, siempre que no sea víctima, como lo fuera el asimismo carismático John F. Kennedy, de un magnicidio- llevar a cabo sus desmesuradas promesas electorales? Pronto podremos comprobarlo, pero de entrada me temo que sea demasiado, incluso para Obama.

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