La tribuna

Luis Felipe Ragel

La americanización

NUBES negras surcaban la mente de Wenceslao. Lo percibí el otro día en Bajo de Guía porque mi amigo no ponderaba como otras veces las maravillosas acedías que estábamos comiendo. Esperé pacientemente a que decidiera hacerme partícipe de sus pensamientos.

-Estoy sorprendido con el éxito de las pistas de skate que han instalado cerca de mi casa -dijo, al fin, mientras miraba fijamente hacia la línea del horizonte-. Hace unos años retiraron del parque infantil los columpios, los toboganes y los demás aparatos. Los niños se quedaron sin poder jugar y el lugar dejó de estar frecuentado. El Ayuntamiento ha colocado recientemente en el abandonado recinto unas rampas para los monopatines y, aunque me duela reconocerlo, la iniciativa ha tenido éxito, porque todas las tardes se acercan por allí decenas de personas para practicar los saltos más acrobáticos que te puedas imaginar.

-Los niños no votan, pero muchos chavales de los monopatines lo hacen o están a punto de hacerlo -añadí.

-Pero no es el acierto político lo que me llama la atención, sino la creciente americanización de nuestras costumbres, lo que resulta paradójico, pues en Estados Unidos se están hispanizando poco a poco. Cada vez se celebra con más intensidad la llegada de Papá Noel. Sin ir más lejos, en mi Facultad van a destinar una planta del edificio de biblioteca a zona de chill out para los sufridos y estresados estudiantes y, desde hace varios años, se prepara con gran pompa el día de su graduación, como sucedía en las ceremonias que veíamos en las películas americanas. Los padres participan del evento para ver con gran satisfacción el solemne acto de entrega de títulos a sus retoños.

-En nuestra época nos graduábamos cuando salíamos del último examen y recogíamos el título un año después, de manos de un funcionario de la administración del centro.

-Pero en aquellos tiempos había dos potencias mundiales y los partidos comunistas de los países europeos, que eran muy fuertes, servían de contrapeso frente el avance de la cultura americana. Estábamos muy familiarizados con las canciones francesas e italianas, cantadas en sus idiomas originales por Pino Donaggio, Mina, Jacques Brel, Gilbert Becaud, Charles Aznavour, Sylvie Vartan y otros de su misma calidad. Acudíamos con verdadera devoción a las salas de cine para ver en versión original, no sólo las películas de Luchino Visconti y de François Truffaut, sino también las películas soviéticas, checas o búlgaras. Cuando cayó el Muro de Berlín, el mundo perdió su equilibrio y la gran ola estadounidense invadió todas las costas, que ya carecían de muros de contención. Hoy día, que nos encontramos completamente integrados en la Unión Europea, en la era de la globalización, estamos mucho más alejados que antes de la cultura de los países vecinos. Conocemos muy poco de la música que se hace habitualmente allí. Las canciones de Eros Ramazzotti, Laura Pausini y Nek llegan a nuestro país en nuestro idioma, eso es cierto, pero con la finalidad de alcanzar el mercado de lengua hispana, incluido el estadounidense. Y si quieres ver cine europeo, tendrás que estar atento a las programaciones de las segundas cadenas públicas de televisión. De vez en cuando ponen por la noche algo que merece la pena.

-Es que no hay globalización -advertí mientras me acercaba la taza de café-, porque esa palabra evoca cierta idea de igualdad, de recíproca influencia.

-En realidad, lo que existe es la americanización -Wenceslao no me dejó seguir-. Esto se parece cada vez más a los Estados Unidos. A este paso, acabaremos comiendo pavo el día de Acción de Gracias y jugando al béisbol, deporte cuyas reglas desconozco pero sospecho que son tremendamente aburridas.

-Hemos comido estupendamente -tenía mucha prisa. Mi amigo estaba muy a gusto y me daba apuro terminar abruptamente aquella conversación, "si se puede llamar conversación a un arroyo, por una parte, y el Niágara, por la otra", recordé que escribió Arthur Conan Doyle.

-Y, de todas maneras -siguió perorando-, puestos a importar las sanas costumbres de los estadounidenses, también podríamos practicar su sentimiento patriótico, el respeto a las instituciones, la colaboración entre los partidos fuertes y, aunque esté feo decirlo, el sueldo de los profesores.

Hice un esfuerzo para levantarme.

-¿A dónde vas? -me preguntó, asombrado.

-Tengo que comprar un disfraz para mi hijo, antes de que se agoten -dije, un poco apurado-. A final de mes celebran en su colegio la fiesta de Halloween.

La cara de Wenceslao reflejaba una sorpresa mayúscula, como si me estuviera diciendo: "¿Tú también, Bruto?".

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