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Rafael Padilla

Cuatro años

SIMPLIFICANDO, podemos hacer coincidir el comienzo de la crisis con la quiebra, en septiembre de 2008, de Lehman Brothers. Han transcurrido, pues, cuatro años desde el inicio del desastre, sin que, por ahora, nadie parezca saber cómo ni cuándo se detendrá su letal onda expansiva. Es más, tras todo este tiempo la situación no deja de empeorar: ya no queda ninguna economía nacional a salvo de los efectos del desplome y todas, en mayor o menor plazo, se encaminan inexorablemente al precipicio.

En efecto, si los datos de los llamados países avanzados son pésimos, tampoco están para repicar campanas en otros territorios sobre los que cimentábamos alguna expectativa. La ralentización, todavía soportable pero constatada, de la actividad económica en Brasil, India o China contribuye a fundamentar el calificativo de "global" para nuestra penosa encrucijada.

En un mundo interconectado no es posible mantenerse al margen. Ésa, que creo es la principal lección a extraer de lo que nos pasa, deja intuir su principal causa: la globalización económica se construyó erróneamente sin la preexistencia de estructuras políticas y jurídicas que evitaran consecuencias indeseadas. Europa es el paradigma de lo que jamás debió hacerse: resulta increíble que ligáramos nuestros destinos económicos sin reparar en la diversidad de las situaciones de partida, sin asegurar, tampoco, la unificación de directrices, ni establecer sistemas de control comunes o aunar políticas. Es una equivocación tan obvia, tan groseramente elemental, que uno no entiende cómo sucumbimos tan estúpida, mansa y gozosamente a la codicia de los menos.

A ellos sí que les continúa rentando, y cada vez más, el invento: a escala universal, 25 millones de millonarios (el 0,5% de la población) concentran hoy el 36% de los bienes; en Estados Unidos, el 10% de sus ciudadanos poseen el 75% de la riqueza norteamericana y, de éstos, el 1% más rico es dueño, y subiendo, de cerca del 35% de la misma. Mientras tanto, el resto anda perdido en discusiones bizantinas sobre recortes, incentivos, apretones de cinturón, rescates y demás aspirinas para el cáncer que nos corroe.

Soy, como comprenderán, pesimista: no tiene solución. Al menos, no con estas reglas. Es el sistema, y no la coyuntura, el que nos arrastra al naufragio y sólo actuando sobre él -lo que me esperanza y, al tiempo, me asusta- quizás encontráramos luz. Ni la ciencia económica (contradictoria y hasta ausente), ni la clase política (sectaria y cortoplacista), ni, al cabo, la pomposa y falsa solidaridad entre estados presuntamente unidos, nos sacarán, sin más, de este infierno. Como fichas de dominó, caerán todas las certezas, incluso las de quienes se sienten hoy los gallos del corral. Para mayor gloria, supongo, del genio al que le ocurrió la rentabilísima idea de colocar todas las manzanas, incluso las podridas, en el mismo y fatídico cesto.

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