La ciudad y los días

Carlos Colón

...apaleados

DECÍAMOS ayer que la pretensión del Colegio del ramo de que se reconozcan los derechos de autor de los arquitectos no se refería al plagio de sus obras, ya castigado, sino a su "reproducción" en películas o fotografías. Al haber ratificado el Convenio de Berna para la Protección de Obras Literarias y Artísticas, alegan, España "está obligada" a incorporar a la propiedad intelectual las obras arquitectónicas. Vale.

Vamos a ver. Que no cunda el pánico. ¡Organización, organización!… como pedía el fulano al que le fue tan mal en la orgía. No entremos en lo de "obra literaria o artística". Dense un paseo por la ciudad, vean lo construido en los últimos 50 años y decidan. Centrémonos en lo del pago por la "reproducción" de los edificios.

Al no imponerse a todos por c…, no joder el contexto y no ser de lectura o visión obligatoria, las obras literarias y artísticas entran en el ámbito de la libre elección. Por ello su reproducción con fines comerciales añade valor al producto y genera derechos a su autor.

Pero, ¿es este el caso de la arquitectura? El edificio esta ahí, lo queramos o no, nos guste o no. Ante él y en él estamos obligados a vivir y entre ellos discurren nuestras existencias en lo cotidiano y lo festivo, sin que podamos evitar hacerlo o tenerlos como fondo. ¡Ya quisiéramos poder prescindir de la mayor parte de lo construido en el último medio siglo y vivir, fotografiar o filmar nuestra ciudad tal como era -en su aparecer, no en sus condiciones de vida- antes de que la falsa modernidad, ya sea la especulativa del franquismo o la cateto-democrática, la destrozara!

Pero no es así. Los edificios se plantan donde las autoridades lo consienten (que es en cualquier sitio, con independencia de lo que allí hubiera y del contexto, como demuestra la historia de Sevilla desde los derribos del Duque a las setas de la Encarnación). Los promotores ansían construir, con ímpetu olímpico, "Citius, Altius, Fortius": más rápido (salvo que se trate de obra pública), más alto (con más pisos) y más fuerte (en su agresión al entorno). El arquitecto despliega su intocable, sacrosanta e inviolable creatividad. Y los ciudadanos, a aguantarse; a callar, si no quieren ser tachados de cavernícolas; y a pagar, si el inevitable mamarracho es "reproducido" en una fotografía o una película.

Por decirlo en sevillano: si Juan Lebrón volviera a rodar su Semana Santa y salieran "las setas", tendría que pagarle al germano. Por no hablar del señor Pelli, cuya torre se verá desde toda Sevilla… Ese se va a hacer de platino (porque ya debe ser de oro). Encina de cornudos, apaleados.

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