La ciudad y los días

Carlos Colón

Ser árbol en Sevilla

LA Delegación de Parques y Jardines parece creada más para acabar con ambos que para mantenerlos y multiplicarlos. Una de sus últimas actuaciones ha sido la tala de 17 árboles de unos cuarenta años en el barrio de La Candelaria. Un día Candelilla era una calle verde y sombreada, y al otro es un desierto en cuyos alcorques asoman los tocones aún sangrantes de resina como si fueran cuellos de cuerpos decapitados. El Ayuntamiento ha dicho lo de siempre: que la tala de los 17 árboles se ha debido a "su edad", que ha motivado que sufran "un deterioro paulatino que en algunos casos afecta gravemente a su estabilidad estructural"; añadiendo que el "arboricidio" ha sido solicitado por la asociación de vecinos de Los Tres Barrios, aunque "el propio estado de deterioro de los árboles obligaba a talarlos". Y ha prometido que procederá "en breve" a plantar nuevos ejemplares "en cuanto la época del año de cada ejemplar lo permita".

Lo primero, que se deban talar por su edad y mal estado, es una autoinculpación ya que los árboles bien cuidados pueden vivir muchos años y no se mueren todos de golpe: se van sustituyendo, cuando sea necesario, sin una actuación tan traumática. Quien visite ciudades civilizadas observará árboles jóvenes recién plantados, tras una sustitución necesaria, junto a grandes árboles de muchos años. Y también observará alcorques cuidados, podas hechas en el tiempo y modo conveniente, tensores para sujetar las ramas excesivamente crecidas y otras actuaciones que garantizan que Londres, Viena, París o Barcelona gocen de nobles, hermosos y ancianos árboles en sus parques, calles y bulevares (porque las ciudades civilizadas, aun siendo más grandes que Sevilla y soportando por ello una mayor densidad de tráfico, conservan los bulevares y dobles hileras de arbolado en las aceras que aquí perdimos: Eduardo Dato, Ciudad Jardín, Cruz del Campo, Delicias).

En cuanto a lo de la reposición "en breve", permítaseme que no lo crea: Sevilla es una ciudad de alcorques convertidos en basureros y de tocones ennegrecidos por el tiempo. Si no se reponen los naranjos muertos, enfermos o talados de Placentines y Alemanes, en el escaparate monumental y turístico de la ciudad, mucho menos se cuidarán o repondrán en los barrios. En cuanto a que una asociación de vecinos haya solicitado la tala, no me extrañaría de ser cierto. Sevilla no está gobernada por extraterrestres que impongan a los ciudadanos actuaciones que les sean extrañas: muchos sevillanos desprecian o aborrecen los árboles tanto como los políticos a los que votan. Ser árbol en Sevilla es un triste destino.

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