La ciudad y los días

Carlos Colón

El arte pollito

TIENE parcialmente razón el comisario de una importante muestra de arte contemporáneo andaluz al afirmar que si éste no tiene una repercusión social más amplia es por la falta de educación en valores artísticos de la sociedad a la que se dirige. Tiene razón porque la experiencia demuestra que a mayor nivel educativo, mayor capacidad crítica; y a mayor capacidad crítica, mayor libertad personal de acción, juicio o elección en cuestiones personales o públicas, éticas o estéticas. Pero tiene razón sólo parcialmente porque parece olvidar dos cosas.

La primera es que la falta de educación en valores artísticos, no sólo impide que el arte contemporáneo tenga una repercusión social más amplia, sino que también la tenga cualquier obra artística del presente o del pasado, clásica o moderna, que no encaje en los groseros, vulgares, superficiales y estrechos marcos creados por la terrible conjunción entre el fracaso educativo y la producción masiva de cultura-basura.

La segunda es que la mejor formación artística no tiene por qué favorecer de forma automática el aprecio de la contemporaneidad en bloque, como si el arte contemporáneo fuera una sola cosa dotada de un único valor que sería, precisamente, su etiqueta de contemporáneo. Muy al contrario: la educación en valores artísticos crearía espectadores libres del yugo de la crítica sacerdotal que se ha erigido como única intérprete cualificada del arte contemporáneo, cuyo juicio tantas veces el espectador acomplejado o esnob acepta como las beatas antiguas los latinajos: sin comprenderlo ni sentirlo. Las divinas palabras de Valle Inclán, ya saben. Los espectadores dotados de una buena formación artística, por el contrario, serían tan libres en su relación con el arte, admitiendo con mayor naturalidad las propuestas más difíciles o complejas, como con los pontífices de la crítica.

Por ello creo que a eso que algunos llaman arte contemporáneo (y que no es todo el arte interesante que hoy se produce, sino el bendecido por la trinidad de galeristas, críticos y comisarios) le conviene muy mucho alimentar el tópico del público no educado para buscar como pollitos el calor de la gallina estatal, de la subvención. Mira por dónde el comisario al que nos referíamos al principio terminaba exigiendo a la Administración "una inversión no ya potente, sino potentísima: la de hoy multiplicada por diez, quince o veinte" porque -peregrino argumento- "no hay recepción para este tipo de productos en Andalucía". Así que recae sobre el contribuyente, a quien esto no le interesa, la obligación de subvencionarlo a través de los impuestos.

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