La esquina

Menos que ayer, más que mañana

CUÁNTAS leyes de Extranjería llevamos aprobadas desde que empezamos a tomarnos en serio la inmigración? Ni se sabe. Lo único que sí se sabe es que cada una de ellas ha sido más restrictiva y controladora que la anterior.

Igual da que las impulse la derecha que la izquierda, aunque haya matices entre una y otra. Tampoco se distingue la legislación de unos países y la de otros. Eso pasaba cuando la presión migratoria se concentraba en algunas naciones y era mínima en otras. En éstas cuajaba la idea de dar papeles para todos. Hoy ningún partido con responsabilidades de gobierno o posibilidad de tenerlas se atreve a plantearla seriamente.

El Gobierno español acaba de dar luz verde a un anteproyecto de nueva Ley de Extranjería que cumple perfectamente con los requerimientos de esta tendencia general: hoy queremos a los inmigrantes menos que ayer, pero más que mañana. Se aumenta de 40 a 60 días el período máximo de retención de los inmigrantes irregulares para hacer más viable su deportación, se limita la reagrupación familiar a los hijos (los padres sólo podrán reunirse aquí si tienen más de 65 años), siempre que el inmigrante que los trae disponga de un permiso de residencia de cinco años como mínimo, y se eleva la sanción penal a los traficantes que organizan la venida de ilegales y su correspondiente entrada, si fuera posible, en los circuitos de la explotación y la economía sumergida. A decir verdad, el proyecto sí garantiza los derechos de asociación, manifestación y reunión de los sin papeles, ateniéndose a la jurisprudencia del Tribunal Constitucional, que considera -menos mal- que tales derechos corresponden a toda persona por el hecho de serlo, independientemente de su situación administrativa.

Hay que decir, de inmediato, que estas disposiciones restrictivas de la inmigración responden a un pensamiento bastante generalizado en la sociedad. Queríamos inmigrantes que hicieran los trabajos que nosotros ya no estamos dispuestos a hacer y, encima, no queríamos ver a sus hijos en los colegios y a toda la familia en los centros de salud. Ahora, con la crisis y la vuelta de muchos parados nacionales a las faenas del campo, tampoco aceptamos que anden dando vueltas por los tajos y necesiten comer y dormir bajo algún techo. Es fácil echar la culpa a los gobernantes, pero me pregunto si estamos dispuestos a convivir con cientos de miles de inmigrantes sin empleo y abocados a la desesperación.

De momento, la respuesta es que no, aquí y fuera de aquí. De momento seguiremos aliviando la mala conciencia con alguna muestra de compasión, incluso sincera, en casa, ante el telediario, con las imágenes del sufrimiento de estas personas entre plato y plato.

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