la tribuna

Óscar Eimil

El balance del miedo

AUNQUE es seguro que tendremos, con ocasión del pleno que próximamente se celebrará en el Parlamento de Andalucía para debatir sobre la gestión realizada por el Gobierno durante estos años, la oportunidad de escuchar sobre este asunto variados argumentos de nuestros líderes políticos, creo que para hacer de verdad un buen balance de esta Legislatura que termina no es necesario gastar demasiada saliva: basta con comprobar el resultado obtenido y emplear una sola palabra: miedo.

Los ciudadanos vivimos con el susto metido en el cuerpo, tanto por la situación económica que sufrimos, como por lo que intuimos puede suceder en el futuro. Este estado de ánimo generalizado, con su consiguiente efecto paralizante, modula negativamente nuestras pautas de conducta, también en lo económico, y nos introduce en un círculo vicioso que sólo sirve para hundirnos como comunidad, cada vez más, en el pozo de la depresión económica y social.

Así, los estudios sociológicos que hemos ido conociendo nos indican, sin ningún género de dudas, que la mayor parte del 1.300.000 andaluces que quieren trabajar y no pueden tienen miedo de no encontrar trabajo nunca, y que más de la mitad de los 2.700.000 andaluces que trabajan regularmente, tienen también miedo a perder su empleo.

Pero es que, además, los ciudadanos, mayoritariamente, temen que la calidad de la atención médica que reciben de los poderes públicos empeore sustancialmente en los próximos tiempos; que nuestro sistema educativo público vaya, en el futuro, todavía a peor; que no haya recursos suficientes para pagar las prestaciones que se merecen los jubilados y dependientes; o que las personas sin trabajo, por falta de recursos, se queden en una situación de absoluto desamparo.

Sienten, en fin, honda preocupación, porque intuyen que sus condiciones esenciales de vida, trabajo y desarrollo personal y familiar están en estos momentos en serio peligro, y por ello ya no confían en la clase dirigente que les ha conducido a esta situación.

Decía la Constitución de Cádiz en su artículo 13: "El objeto del Gobierno es la felicidad de la nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen."

Esta perspectiva, que no ha cambiado un ápice en dos siglos, parece que es hoy la más adecuada para hacer un balance ecuánime y certero de lo que ha representado para Andalucía y sus ciudadanos la gobernanza del Partido Socialista durante estos 4 años.

Y en este sentido, creo que la mayoría de ustedes estarán de acuerdo conmigo en que le resultaría francamente difícil -por no decir imposible- al presidente Griñán encontrar en nuestra tierra a una sola familia que declare ser ahora más feliz que en el año 2.008, cuando, con Chaves al frente, inició su andadura una legislatura en la que el Partido Socialista ha disfrutado, en Andalucía y en España, de casi todos los resortes del poder, que han sido utilizados por sus dirigentes a su buen entender con un resultado ciertamente desalentador.

En efecto, además del desastre económico sin paliativos que nos dejan, es cierto que, tras cambiar inexplicablemente de caballo a mitad de carrera, se pelearon entre ellos en un congreso extraordinario que sólo sirvió para extender sus muchas querellas internas a casi todas las provincias, donde continúan; es cierto que aceptaron la humillación que supuso para Andalucía, frente a otros territorios, el cobro de nuestra deuda histórica en solares sin valor; es cierto que incendiaron la función pública con esquemas irracionales y partidistas de reordenación de la mastodóntica Administración que, también ellos solos, han creado; es cierto que gastaron todo lo que tenían y también lo que no tenían, hipotecando con ello -veremos hasta que punto- nuestro futuro y el de las generaciones por venir; es cierto que permitieron que Zapatero se fuera de rositas sin pagar el dinero que, por disposición expresa de nuestro Estatuto, tenía que haber invertido en Andalucía; es cierto que subieron los impuestos y prepararon, con su irresponsable conducta, el camino a subidas futuras, que habrán de anotarse necesariamente en su debe; es cierto que alteraron las reglas del juego a última hora, faltando al fair play para aferrarse al poder e impedir la victoria del adversario; es cierto que extendieron la corrupción y el fraude por Andalucía, repartiendo el dinero de todos -también el de los parados- como si fuera suyo propio, y que dificultaron, hasta donde les fue posible, su investigación judicial y política; y es cierto que nadie, hasta la fecha, ha asumido con su dimisión la responsabilidad política derivada de un asunto, el de los ERE, que es causa de vergüenza para todos los andaluces.

Al final, después de todo lo que hemos visto y vivido, uno no puede dejar de preguntarse por qué razón quiere realmente Griñán hacer un debate de fin de legislatura. ¿Será, quizás, para echarle la culpa de todo lo sucedido a Arenas y a Rajoy?

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