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Rafael Padilla

No basta con aguardar

ANTE la necesidad, creo que cada día más sentida, de que se produzca un relevo en el liderazgo político de nuestro país, son muchos los ciudadanos que empiezan a preguntarse si el recambio previsto y natural será capaz de devolvernos una cierta esperanza sobre los muchos dislates -económicos y de todo tipo- perpetrados en los últimos años. La incógnita no sólo inquieta a la sociedad, sino que surge, incluso, en las propias filas del PP. Esta misma semana, la ex ministra Ana Palacio ha subrayado el "perfil opositor bajísimo" que mantiene su partido, llegando a considerar a Rajoy un político "excesivamente prudente". Son, por otra parte, las mismas dudas que ponen de manifiesto las últimas encuestas, en las que, a pesar del tormentón que nos asuela, la alternativa popular no acaba de despegar.

Naturalmente que el PP tiene claras opciones de gobernar España. Pero, por desgracia, hoy más por resignación y por descarte que por ofertar un proyecto coherente, unívoco, al servicio sobre todo de las ideas, diáfano en sus propuestas y decididamente nacional. No se equivocan en exceso quienes le reprochan la ausencia de criterio firme y sólido en aspectos fundamentales: la cuestión territorial, las medidas que pudieran ayudar a sacarnos de la crisis económica, el problema lingüístico, la política hídrica, la industrial, la determinación del mapa energético, el restablecimiento de un clima respirable de convivencia, la posición que debemos ocupar en el mundo, nuestra postura ante los compromisos militares solicitados, la apuesta por la familia, la recuperación de una educación ahora intervenida, inútil y desprestigiada, son algunas de las preocupaciones -hay por supuesto más- que no encuentran, ni en las palabras ni en los hechos de la actual oposición, respuestas concretas e ilusionantes.

No será por falta de espacio o por estar agotada la tarea. Como ha indicado recientemente Pedro de Tena, son numerosos los ámbitos en los que la izquierda ha cedido el discurso a quien tenga el coraje de asumirlo y proclamarlo: faltan voces que reivindiquen la inmensa conquista de la libertad; anda huérfano el concepto de España como nación; se tambalea y urge valedores la noción de justicia; también la de una igualdad paulatinamente matizada y excepcionada; hasta la solidaridad, ese bastión progresista, demanda paladines que la defiendan en esta patria nuestra centrífuga, cicatera, pueblerina y egoísta.

Porque el poder hay que merecérselo, ya no basta con aguardar. El PP tiene la obligación, olvidando sus complejos y sus cálculos, de explicarnos cuál es su programa, su diseño pormenorizado de la España que defiende y ansía. La razón, al cabo, por la que tendríamos que entregarle la gestión de una tierra demasiado harta de tramposos huecos, de oportunistas y de maestros del claroscuro. Ojalá que lo entiendan -y pronto- y ojalá que puedan.

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