La ciudad y los días

carlos / colón

El bichito

EL periodista no se pudo reprimir. Tal vez lo intentó. Pero lo que le decía el biólogo que estudia un animalito de tres milímetros llamado oikopleura dioica le obligó a titular su artículo con esta científica seriedad: "El bichito que planta cara a Dios". Y a subtitular: "Un organismo marino muestra por qué el ser humano no está en la cúspide de la evolución". Hay que comprender su arrebato. La ciencia hoy, como la teología en la Edad Media, es la autoridad suprema en todos los campos del conocimiento y la experiencia; con la garantía añadida de representar lo real demostrable por oposición a lo quimérico, lo útil por oposición a lo inútil y lo preciso por oposición a lo vago. Y resulta que tan alta autoridad le había dicho: "Hemos estado mal influenciados por la religión, pensando que estábamos en la cúspide de la evolución. No lo estamos. Estamos al mismo nivel que el resto de los animales".

Ante esta afirmación, incontrovertible porque la ciencia demuestra lo que afirma y por ello tiene la definitiva palabra sobre todo, se comprende que el entusiasmado periodista concluyera: "Como Darwin, hace que el discurso de las religiones se tambalee. Coloca al ser humano en el lugar que le corresponde: con el resto de animales". Y se quedó tan a gusto.

Al leerlo no pude evitar recordar el papel de las prestigiosas instituciones científicas alemanas y los más respetados científicos y médicos -personalidades como Erwin Baur, Fritz Lenz, Eugen Fischer, Ernst Rüdin, Alfred Ploetz, Carl Schneider o Martin Stemmler, muchos de ellos miembros del partido nazi- en el Holocausto, legitimando científica y académicamente las teorías raciales e inspirando a Hitler: "La batalla en la que estamos comprometidos [el exterminio de los judíos, otras razas inferiores y los discapacitados] es como la que libraron Pasteur y Koch el siglo pasado", dijo el Führer.

En su estudio sobre los científicos nazis Hitler's professors: the Part of Scholarship in Germany's Crimes Against the Jewish People (Universidad de Yale), el profesor Max Weinreich ha escrito: "Durante muchas décadas toda la vida cultural ha estado más o menos bajo la influencia del pensamiento biológico tal y como se había planteado a mediados del siglo XIX… Se consideraba que las leyes naturales descubiertas en el caso de las plantas y los animales también debían ser válidas para el hombre". Cuidadito con la reducción biológica del ser humano.

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