Visto y oído

Antonio / Sempere

El bigote

YO no recuerdo en la televisión algo tan antiguo como el bigote de Javier Urra, si exceptuamos el que lucía José María Aznar, ni en toda la historia del Estudio abierto en blanco y negro de José María Iñigo. Javier Urra es tertuliano de guardia y cada vez que toca hablar de los derechos de los niños y la protección de la infancia allá que aparece él, que parece habitar en los hoteles anexos a los platós de las cadenas televisivas. Contrasta su abundante melena negra negrísima y tan bien peinada con ese bigote grisáceo, tan recortado.

Recuerdo que una vez contradije al mismísimo José Luis Guerín arguyendo que su película Tren de sombras, que se basa en un falso documental supuestamente rodado a principios de siglo, se caía por su propio peso. Según mi teoría, todos los rostros son frutos de su época. Por lo tanto, independientemente del maquillaje, la fisonomía de una actriz corresponde a un aquí y un ahora. Si hace peplum, será peplum de los cincuenta, sesenta o setenta. Si cine negro, exactamente igual. Por eso, aunque Guerín pretendiese engañarnos con unas imágenes supuestamente rodadas ocho décadas atrás, el rostro de la actriz que teníamos delante delataba el año de producción, porque esa mujer era de finales de los noventa, y no de la época del cine mudo, por más que la vistieran y peinaran de aquella guisa. Javier Urra no se corresponde con los cánones de la televisión de 2008. Pero pensándolo bien, tampoco algunos de los formatos de programas se ajustan a esta nueva realidad audiovisual. Ni la de los tertulianos de guardia. Con esas camisas azules de cuellos blancos, esas corbatas, o ese flequillo imposible de Pepe Oneto. Son reductos de la televisión de hace veinte años, la del primer Hermida, que todavía subsisten. Como ese bigote.

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