La tribuna

Ángel Rodríguez

El bipartidismo y otras buenas noticias

COMO constitucionalista, mi profesión de lunes a viernes, me gusta la alternancia: que el partido que está en el poder pierda las elecciones confiere legitimidad al sistema democrático, demuestra que el régimen electoral se encuentra bien engrasado y me permite encontrarme al día siguiente con estudiantes que piensan que enseño cosas que funcionan. Como ciudadano, prefiero, igual que todos, que el partido que defiende mis ideales no se vea desplazado del poder. Así que, cuando el partido que he votado en las elecciones anteriores se juega seguir o no en el gobierno, mis dos almas van a votar sumidas en un pequeño conflicto que, será porque votamos en domingo, se acaba resolviendo siempre del mismo lado. Zapatero no se merecía ser el primer presidente de la democracia española que no obtiene un segundo mandato y el electorado se lo ha concedido.

Estas elecciones generales no sólo han deparado que el Partido Socialista continúe al frente del gobierno de la nación, sino que, además, han traído consigo, junto con la de la alta participación, otra buena noticia: una cierta tendencia al bipartidismo, que sin embargo, debe matizarse. Para empezar, el porcentaje de escaños del Congreso que se concentra en los dos grandes partidos ha crecido sólo tres puntos desde 2004, del 89%, hasta el 92%. Pero, además, bipartidismo no significa sólo que un porcentaje alto de electores vote a uno de los dos grandes partidos, sino que ambos puedan alternarse en el poder sin necesidad de ningún otro apoyo.

Y aquí es donde el resultado electoral permite hablar sólo de una tendencia, cercana a lo que los politólogos llaman sistema de "dos partidos y medio": aunque la necesidad sea menor, el partido en el gobierno seguirá precisando de la ayuda parlamentaria de alguna otra opción para gobernar. Esa opción será, de nuevo, un partido nacionalista. Que el partido mayoritario tenga que apoyarse en un partido con presencia en una sola Comunidad Autónoma incrementa la asimetría de nuestro modelo territorial y hace que la opción más votada se vea condicionada por otra que ni siquiera se ha sometido al escrutinio de gran parte del electorado.

Puede que estas elecciones hayan sido también las del comienzo de una nueva bisagra nacional, necesaria no sólo por su mayor disponibilidad para abrir la puerta de la Moncloa en uno u otro sentido, sino porque si el partido en el gobierno tiene que ver condicionado su programa de gobierno por otro, lo menos malo es que todos los electores hayan tenido la oportunidad de dar o no a ese otro su apoyo. El tiempo lo dirá.

Es cierto que el bipartidismo, incluso el imperfecto al que parece que tendemos, tiene mala prensa. Muchos creen que implica una reducción del pluralismo, lo que no es necesariamente cierto: habiendo un partido que pueda sostener en solitario al gobierno y otro que pueda aspirar a sucederle en las mismas condiciones, queda aún bastante parlamento para repartir. Lo que ocurre es que a veces se confunde el pluralismo parlamentario, es decir, la presencia holgada de las minorías en el Parlamento, con la capacidad de esas minorías para condicionar el gobierno, mezclando pluralismo con gobernabilidad. De todos modos, si hay un lugar de nuestro sistema político en donde existe una patente falta de pluralismo es en el interior de los partidos, y aquí también nuestro bipartidismo es deficiente.

El domingo hubo también elecciones al Parlamento andaluz, aunque pasaron más desapercibidas. La tendencia en Andalucía es similar a la del resto de España, pero con algunas características propias. En primer lugar, el porcentaje de electores que votan a opciones diferentes para el Parlamento andaluz y para el Congreso, que llegó hasta casi un 10% (más de 400.000 votos), demostrando que hay una agenda andaluza que merecería someterse al electorado en elecciones independientes. Y, en segundo lugar, el considerable ascenso del Partido Popular, que no llega, sin embargo, a hacer mella en la mayoría absoluta socialista. Si a nivel nacional sólo podemos hablar de bicameralismo imperfecto, en Andalucía tenemos que seguir hablando de un sistema de partido dominante, invicto en el poder desde que ésta se creó. En un régimen democrático, la responsabilidad de que no haya alternancia no es nunca del partido que gana las elecciones, sino del que las pierde. Esto, que parece una obviedad, llevaba camino de dejar de serlo en Andalucía hasta que una encuesta publicada por este periódico lo puso de manifiesto. El trecho que aún queda para alcanzar un régimen bipartidista en nuestra Comunidad Autónoma es el que aún tiene que recorrer el PP para erigirse en alternativa creíble en Andalucía, tal como ha conseguido hacer en muchos de sus municipios. También aquí el 9-M ha parecido apuntar una tendencia.

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