¡Oh, Fabio!

Luis / Sánchez-Moliní

El blasón de los Comunes

ANTE el pelotón de mestizos que lo iba a fusilar tras el fracaso de su aventura mexicana, Maximiliano de Habsburgo le preguntó a uno de sus compañeros de infortunio: -"¿Duele, general?". A lo que este le contestó: -"No lo sé, majestad, nunca lo he probado". Lección: el humor nos salva hasta en los momentos más tenebrosos y patéticos de nuestras vidas. Un ejemplo menos dramático, pero más real y verificable, lo pudimos ver esta semana en el discurso de despedida del ya ex primer ministro británico David Cameron. El político conservador es un ejemplo claro de cómo en política -y en la vida en general- uno puede pasar del cielo al infierno en apenas un instante. Los mismos que tras el referéndum de Escocia alabaron su coraje y determinación por coger por los cuernos al toro celta, no ahorraron descalificaciones cuando la reciente debacle del Brexit. Como dice el chiste castizo, ha faltado culpar a Cameron de la muerte de Manolete, aunque algún periodista exaltado de la noble causa europeísta probablemente lo habrá hecho ya.

Sin embargo, Cameron dimitió como probablemente lo habría hecho David Niven si hubiese sido primer ministro: con elegancia y sentido del humor. Su intervención del pasado miércoles ante la Cámara de los Comunes, quizás el espacio político con más solera de Europa, sería impensable en la siempre malhumorada y agria España: ironía, autoparodia, mordacidad, concordia... El propio líder laborista, Jeremy Corbyn, participó con sus risas de un ambiente festivo que más bien parecía la despedida de unos camaradas de universidad que el final político de la persona que, según algunos, ha dinamitado el futuro de Europa. Poca gente, muy poca, puede darle lecciones a una democracia como aquella que delibera a orillas del Támesis.

Evidentemente, no proponemos que ante los graves problemas que vive Europa y el mundo andemos todo el día por los pasillos con chistes y risitas. El Brexit, ese hijo bastardo de la democracia que tanto ha incomodado a algunos, tendrá con seguridad consecuencias indeseables y es un reto, otro más, que tendremos que encarar. Pero, Aristóteles nos enseñó que la risa es consustancial al hombre y que torcer el gesto no ayuda a pensar con mayor claridad. El humor, y no la carcajada cruel a costa de los otros, es el blasón que debería adornar los portales de nuestras instituciones políticas. Ya lo hace en la Cámara de los Comunes.

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