desde el fénix

José Ramón Del Río

Mis bodas de oro

ME van ustedes a perdonar si dedico mi artículo de hoy a recordar algo muy personal. Y es que ayer, 8 de junio, se cumplieron cincuenta años años desde que tomara posesión en la Abogacía del Estado de Cádiz. No puedo decir que viniera a Cádiz, porque aunque llevaba años viviendo en Madrid, de Cádiz nunca me había marchado, porque aquí seguíamos alquilados en la casa de la calle San José, esquina a Ancha, donde había nacido y veníamos los veranos y las Semanas Santas, a las que me traían.

La Abogacía de entonces era una dependencia de la Delegación de Hacienda y compartía edificio con el Gobierno Civil y la Diputación Provincial, en el palacio propiedad de ésta. En el año 1961, las oficinas públicas eran, más que austeras, pordioseras. Compartíamos el mismo despacho los tres abogados del Estado y, en otra estancia, los funcionarios. Un par de viejas máquinas de escribir y una calculadora sueca, de manubrio, era todo nuestro instrumental. Sí que había libros, pero desde que llegué, Juan Antonio Ollero, que era el jefe, me pidió que no los sacara de los estantes, porque tenían acumulado tanto polvo que su movimiento hacía enfermar a una funcionaria aquejada de bronquitis. De aquel 8 de junio de 1961, no queda vivo más que José Luis de la Rosa y el abogado del Estado, que fue el que me recibió, Luis Argüello, porque Ollero estaba de viaje en Madrid. Han muerto Caburrasi, Antonio Navarro y Carmen Colombo, que en paz descansen. En aquellos tiempos no se salía a desayunar, porque los funcionarios acudían a las oficinas con todas sus funciones y apetitos satisfechos, pero a cambio, del bar Mundial, Miguel (q.e.p.d.) nos traía puntualmente un café. Lo primero fue cumplir con los trámites de la toma de posesión. El acto se limitaba a que el habilitado expidiera una certificación para remitirla a Madrid. Luego fuimos al Anteojo a celebrarlo y allí Argüello se empeñaba en presentarme a gente que conocía de toda la vida.

Era Cádiz, en cuanto pasaba el verano, una ciudad oscura, triste y aburrida, comparándola con el Madrid de donde yo venía. Además del Anteojo, otros lugares de tertulia eran el Parisién y el Telescopio. Los jóvenes (yo tenía 25 años) nos reuníamos en la cafetería La Camelia, porque al Tenis y al Náutico se iba de día o en verano. Me temo que he presentado un panorama muy sombrío de aquel Cádiz de los años sesenta. Aunque hoy sea inimaginable, sólo había una televisión, en pruebas, ni puente ni autopista, y sólo unos pocos automóviles y ninguna de las cosas que hoy nos parecen que sin ellas se pueda vivir. Pero sí que se podía y éramos felices con lo que teníamos. Tan felices que, hoy, no dudaría ni por un momento, volver a aquel año 61.

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