tiempos modernos

Bernardo Díaz Nosty

El bote salvavidas

LA sensación de orfandad entre los votantes socialistas no es nueva. Quienes han sido fieles a un mismo sello político, elección tras elección, incluso acudiendo a las urnas con mascarilla profiláctica, se encuentran de nuevo, ante la proximidad del 25 de marzo, en una encrucijada que otros ya resolvieron en noviembre pasado. ¿Deberán seguir poniendo parches al futuro o, como en el poema de Máximo Gorki El canto del petrel, que recuerda en una metáfora la furia de los indignados, hacer votos, que no es lo mismo que votar, para que la tempestad estalle?

Al repasar la composición de la candidatura electoral de los socialistas en alguna provincia andaluza, no se advierte compromiso con las ideas pregonadas sobre el cambio necesario, ni con los argumentos que pueden construir una nueva mayoría social. Es como si la lista de los 40 Principales no hubiese cambiado y mantuviese a Torrebruno, Raphael, Manolo Escobar, Massiel y la Pantoja… Están todos los que encallaron el barco, cogiendo número para los botes salvavidas de capacidad menguante. A diferencia del Titanic, el grito que impera es: "¡Cargos de siempre, primero!"

¿Se puede seguir dando oxígeno a estos náufragos que buscan llegar a la orilla de su supervivencia? Probablemente, esta simple duda, cuando la plantean los fieles que fueron granero, los que hicieron posible más de treinta años de Gobierno monocolor en Andalucía, sea tildada de expresión de infidelidad y de traición. Todo puede ser. Frente a esas estigmatizaciones, cabe responder que el mismo sentimiento, pero de traición y de burla a unas ideas, y con argumentos más sólidos, se puede tener de quienes han antepuesto al futuro de las siglas socialistas el suyo propio. Y eso, después de lustros de disfrute del poder, de encadenamiento de cargos y prebendas, como si la necesaria vacación de las poltronas no fuese una señal conveniente de higiene política.

Los que ofrecieron, sin sonrojo, el espectáculo poco edificante de los recientes congresillos, carecen de autoridad moral para recriminar a la disidencia de un electorado que empieza a pensar, de forma nítida, que otro parche más, ya no. Y aquí no hay transfuguismo, ni huida imposible a las filas de Ruiz-Gallardón, sino orfandad y coherencia. Si queremos que la travesía del desierto no sea una maldición bíblica, ábrase la tempestad, o, como decían los clásicos, agudícense las contradicciones que nos han llevado a esta parodia. La coherencia, precisamente la coherencia, obligará a una refundación o al nacimiento de nuevas soluciones en un espacio, el de la izquierda, que forma parte de la naturaleza plural de la democracia.

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