La ventana

Luis Carlos Peris

Un brindis que se tornó inquietante

COMO una tarde más, o una menos, andábamos en la tarea de ver qué ocurría en Las Ventas. Era la tarde del Santo Labrador, el patrón de ese poblacho que se convirtió en rompeolas de todas las Españas, y reaparecía en esa plaza un torero que llevaba cinco años sin pisarla. A sus veinticinco años de alternativa, Enrique Ponce, ese enorme torero, volvía y era acogido con un cariño parecido al que recibió de Sevilla hace dos semanas. Su primer toro se lo brindó a Vargas Llosa, su amigo el Premio Nóbel, pero en el otro su dedicatoria iba a convertirse en duda hamletiana. Brindaba a la plaza y esto se interpretó dentro de muy variadas hipótesis. Era un brindis ¿de despedida, de agradecimiento o de hasta luego? He ahí el dilema, pues tampoco él parece saber a qué supo. Sea lo que sea, Enrique Ponce dignifica la Fiesta a tal nivel que la incógnita se vuelve inquietante.

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