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Rafael / Padilla

El buen juez

Afinales del siglo XIX, el magistrado francés Paul Magnaud alcanzó la popularidad en toda Europa por dictar sentencias en las que, humanizando la justicia y atenuando el rigor literal de las leyes, buscaba siempre la mejor solución. Se recuerda, entre muchas, aquélla en la que absolvió a Louise Ménard por el robo de un pan para dar de comer a su madre anciana y enferma. Por decisiones como esta, fue llamado "el Buen Juez", un calificativo que aún hoy le identifica.

De eso, del buen juez, quiero ocuparme hoy. Inteligencia, intuición y conocimiento son cualidades por supuesto imprescindibles: distinguir en el fárrago del proceso qué es verdad y qué no implica una especial perspicacia, sólo al alcance de mentes bien dotadas y estructuradas. De ahí la trascendencia de los métodos selectivos, francamente mejorables en el caso español. Junto a aquéllos, otros ingredientes como la pasión por su labor, la discreción, la serenidad o el sentido ético de la profesión son igualmente importantes para modelar la figura del juzgador respetuoso y respetable, digno del poder que ostenta y útil para el correcto funcionamiento del orden social.

En nuestro país hay, sin duda, miles de jueces que se acercan, o lo intentan, a ese ideal. Pero no faltan algunos que, olvidando el catón de su oficio, se desvían, y mucho, del mismo: la gloria mediática, el afán de protagonismo, el prejuicio sectario, la persecución extravagante de una heroicidad artificial, están alentando la proliferación de un tipo de juez que anhela principal y desesperadamente la fama.

Lejos quedan los tiempos en los que la ciudadanía ignoraba el rostro y las señas de quienes resolvían sus pleitos. Tan deseable anonimato -que debería imponerse por ley- ha dado paso a un verdadero star system, en el que sobresalen auténticas vedettes de la toga, ávidas de micrófonos y cámaras, encantadas de epatar sin pausa.

No se confundan. Éstos jamás serán buenos jueces, el personaje les domina, su soberbia les aleja de una justicia equilibrada y objetiva. Y, al cabo, casi nunca les renta: de estrella a estrellado hay un corto trecho que suelen terminar recorriendo.

Por sabidos, no daré nombres concretos. Allá ellos con sus inflados egos. Aunque quizás esté llegando la hora de hacerles sentir que no cuentan con nuestra aprobación mayoritaria. Ni tampoco con un reconocimiento común y agradecido del que, por su torpe vacuidad, en absoluto son merecedores.

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