La tribuna

Gumersindo Ruiz

La buena guerra

Resulta difícil exagerar el peligro que supone Afganistán para el equilibrio mundial. Es un territorio salvaje, pobre, tribal, pero no aislado, linda con Rusia al norte, Pakistán al sur y al este, y al oeste con Irán. En la zona de Pushtun, frontera con Pakistán, hay un fuerte vínculo entre extremistas paquistaníes y talibanes, creando una nueva amenaza para ese país acosado por el radicalismo, que además cuenta con armas atómicas.

Muchos equilibrios mundiales dependen de cómo evolucione la situación en Afganistán; por ejemplo, Irán, que incluso ha estado enfrentado a los talibanes cuando gobernaban, los apoyaría si se siente acosado por Israel y Estados Unidos. Pero, sobre todo, la amenaza permanente que supone Al Qaeda quedaría muy debilitada si Afganistán no fuera para ellos un refugio. La guerra de Iraq ha distraído esfuerzos y medios que deberían haberse invertido en estabilizar Afganistán. De la misma forma que un conflicto se extiende desestabilizándolo todo, ¿podría suceder que el éxito en un país que parece condenado al caos y a la pobreza sirviera como revulsivo para ordenar un poco el mundo? La buena guerra sería no la de las armas, sino la guerra contra el atraso.

Actualmente hay en el país 47.000 soldados de la OTAN; hace siete años muchos afganos daban la bienvenida a las fuerzas que venían a liberarlos de los talibanes, su arcaísmo y arbitrariedades, pero ahora se preguntan qué futuro tienen como país. Lord Ashdown, alto representante de la ONU en Bosnia entre 2002 y 2006, fue rechazado por el presidente Hamid Karzai por considerarlo la imagen del virrey británico que antes gobernaba el país. Sin embargo, Ashdown tenía claro que la estrategia para salvar Afganistán pasaba por tres prioridades: la seguridad de la población, no sólo militar sino en la vida cotidiana: salud, agua, electricidad, escuelas, que permitieran una forma de vida digna; la construcción de un gobierno nacional fuerte que aglutinara todas las etnias y, en lo posible, a los talibanes; y un sistema legal, fiscal, y administrativo, esencial para una democracia.

Las fuerzas extranjeras intentan respetar activamente la cultura y la religión, no sólo cuidan de no usar la palabra talibán para designar el enemigo, ya que significa "estudioso de la religión", sino que construyen escuelas y mezquitas; además, prestan servicios públicos, cooperan con los jefes de las tribus frente a los traficantes, y tratan de crear espacios seguros. Muchos refugiados están regresando, y si hace dos años la población se estimaba en algo más de 26 millones, hoy se calcula que puede haber 6 millones más; Kabul tenía apenas trescientos mil habitantes en 2001, y hoy unos tres millones.

En el centro de la economía del país está el cultivo de opio, que es el 93 por ciento de la cosecha mundial, y del que un 90 por ciento, unas 8.000 toneladas, se convierten en heroína. Aunque los precios del opio (en seco) han caído de unos 200 dólares el kilo en 2002 a 100 en la actualidad, por el aumento de la producción, sigue siendo casi el único cultivo para los campesinos que tienen el apoyo de los traficantes en la financiación y comercialización del producto. Con el opio se financian los talibanes, de manera que si superponemos en un mapa de Afganistán las zonas de producción de opio y las de mayor conflicto, hay una fuerte coincidencia de ambas en el sudeste del país; pero para que otros cultivos sean una alternativa han de contar con sistemas de irrigación y mercados.

Además, falla la actividad empresarial: impuestos arbitrarios, suministro intermitente de electricidad e inseguridad desaniman a inversores como el Aga Khan y a los empresarios locales; y la cooperación no tiene escala suficiente para crear una estructura sólida de desarrollo. En la reciente conferencia de París el gobierno pedía 32.000 millones de euros, frente a los 13.000 comprometidos, que además llegan lentamente y de forma poco coordinada. Tan importante como todo lo anterior es contar con un verdadero gobierno, pues el problema no es la fortaleza de los talibanes, sino la debilidad del gobierno afgano. Para ello hay que darle protagonismo y exigirle; la canalización de la ayuda debería centralizarse en el gobierno, pero también debería responder de la eficacia de su gestión.

En este contexto la implicación española (política, militar, ayuda, empresarial) debe ser mayor que la que testimonialmente tenemos; cualquiera que viaje a Afganistán, viendo la situación: traficantes, crimen, corrupción, desgobierno, milicias tribales, talibanes... tiene motivos para el pesimismo, pero eso es algo que hoy menos que nunca podemos permitirnos.

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