palabra en el tiempo

Alejandro V. García

A buenas horas

EL ministro Luis de Guindos pronunció ayer la locución mágica (dación en pago) y hasta las campanas de las iglesias más recónditas empezaron a repicar. Bueno, primero repicaron y luego se calmaron. No obstante, hay que reconocer a De Guindos el mérito de haber llegado un metro más allá que el Gobierno socialista y que su propio partido cuando militaba en la oposición. Pero con tantas apreturas un metro no da para mucho. Si de lo que se trataba, como reclamó en su pregunta el diputado Joan Coscubiela, de Iniciativa per Catalunya, era de plantear medidas "concretas para acabar con el abuso de los bancos" en los casos de desahucio la iniciativa del ministro es menos que un rasguño: es un beso, un pellizco comprensivo en el moflete de la todopoderosa banca. Primer elemento sustantivo del acuerdo: no habrá retroactividad. Es decir, todos los desempleados que han perdido sus viviendas en los tiempos más duros de la crisis seguirán sin casa y entrampados de por vida a su cuota hipotecaria.

Al rechazar la retroactividad los bancos no sólo eluden la responsabilidad moral y económica sobre low damnificados del festival hipotecario que ellos mismos concelebraron en los días gloriosos de la burbuja económica ("Y al precio de la casa ¿por qué no le sumamos el de un buen coche y le redondeamos al alza el crédito?", me llegó a decir obsequiosamente el empleado de una sucursal hace seis años), sino que levantan un blindaje aún más sólido para prevenir futuros morosos. Porque, a ver, una vez en vigor el acuerdo, sean cuales sean sus cláusulas, ¿cuántos créditos van a conceder los bancos para adquirir primeras viviendas a familias con ingresos bajos o a trabajadores con empleos precarios? ¿Y qué empleos no son empleos en precario después de la reforma laboral? ¿Y qué sueldos no serán sueldos bajos o moderados en aplicación estricta de esa misma norma?

Seamos realistas: la fórmula menos lesiva para aceptar la dación en pago consiste en proscribir los créditos por adelantado a los clientes. Con el resto de los planteamientos esbozados por el ministro el resultado es ambiguo. Es bueno que las entidades retrasen dos años el desalojo de las familias sin ingresos pero en qué condiciones. Dependerá del espíritu de beneficiencia de los bancos. Y de la benemérita intención de rebajar los intereses moratorios abusivos se puede predicar la misma objeción; llegan tarde, llegan cuando la tragedia de los desahucios ha devorado a cientos de miles de familias, que han caído víctimas de la modesta pretensión de disponer de un piso propio.

El PSOE no hizo nada y De Guindos ha llegado hasta donde permite la voluntad de la banca. Porca miseria.

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