La tribuna

Ignacio F. Garmendia

Las buenas maneras

EN los tiempos felizmente lejanos en los que fichaba, por así decirlo, en una oficina, padecí uno de esos cursos de supuesta formación con que los patronos castigan a los empleados no especialmente deseosos -o quizá demasiado ocupados: sólo los ociosos y los trepadores acuden a esos cursos con alegría- de perfeccionar sus cualidades para desenvolverse en el deprimente mundo de la empresa. Recuerdo que aprendí entonces palabras horrísonas como proactividad -lo de las sinergias ya se lo había oído mucho a uno de esos tontos ágrafos que también usaba a menudo el verbo pivotar, para referirse a cualquier cosa- y que la catalana que impartía el temario, atractiva pero del tipo dominador que sólo gusta a los sumisos, me cogió manía, como dicen los malos estudiantes, en cuanto planteé la primera respetuosa señal de escepticismo frente a un discurso bobo, lleno de palabras burdas y estereotipos insufribles. Quiero decir con esto que no soy precisamente un experto en relaciones laborales y que las modestas consideraciones que siguen están dictadas, o así lo creo, por una mezcla de urbanidad y sentido común que quizá no sea todo lo habitual que debiera.

Por su inmediatez y eficacia el correo electrónico, que algunos se han apresurado a calificar de obsoleto frente a otras herramientas de comunicación para las que ya no puede invocarse el referente epistolar, me parece uno de los inventos maravillosos de este tiempo nuestro, pero quienes lo usamos a diario y profusamente hemos de vérnoslas con una tropa de zoquetes maleducados que puede ser catalogada en función de algunos de sus comportamientos recurrentes. Muchos de ellos, con frecuencia serviles u obsequiosos en la distancia corta, parecen pensar que el correo no exige de ellos más que gruñidos o balbuceos o un silencio -scripta manent, decían los latinos, y los fulleros se muestran muy prudentes sabiendo que, en efecto, lo escrito perdura- tan insolidario como insondable. No cabe esperar de los semovientes que se expresen con delicadeza dieciochesca, pero las limitaciones intelectuales o la alfabetización precaria no pueden ser una excusa para cumplir con los sencillos requisitos que cualquiera, al margen de su grado de instrucción, puede observar sin esfuerzo.

Obligaciones tan evidentes como acusar recibo, no responder con monosílabos, saludar al inicio y al final de las comunicaciones o servirse de una sintaxis medianamente inteligible parecen inalcanzables para muchas personas -la gente humilde, por el contrario, suele ser muy educada- que por sus responsabilidades deberían tenerlas interiorizadas desde antiguo. Otras como encriptar las direcciones de los correos colectivos -que nunca deben enviarse a corresponsales con los que tengamos una relación personal- o evitar los modos imperiosos -qué prisas les entran de repente a las tortugas-, así como la proliferación adolescente de signos de puntuación y las retahílas o históricos que muestran envíos de terceros, son igualmente claras para cualquiera que tenga buena voluntad y dos dedos de frente. Cuando quienes trabajan un máximo de ocho horas diarias, con sus festivos y sus fines de semana y sus vacaciones regladas, nos dicen a quienes estamos a la intemperie que no tienen tiempo para ocuparse de estas cosas, nos recuerdan siempre a los que afirman por la misma razón -bien poco verosímil para los que no sabríamos vivir sin hacerlo- no dedicarse a la lectura.

Podemos conocer muchas cosas de nuestros semejantes -no digamos de los hermanos- por el modo cómo se expresan o no se expresan, y por eso sorprenden el descuido, la tosquedad y la insolvencia de que hacen gala personas -escritores, catedráticos, gestores, ejecutivos, periodistas o responsables de prensa- a los que por su oficio se les supondría una mínima familiaridad con los protocolos básicos o con la educación a secas. Qué bueno, por el contrario, cuando nos encontramos con abajofirmantes a los que las urgencias no les impiden dirigirse a otros, incluso si se trata de desconocidos, con precisión, cordialidad y buen humor. Con raras excepciones, los menos disponibles o más groseramente telegráficos son también los menos capaces o valiosos, en términos profesionales y desde luego humanos, de modo que ya no nos sorprende que verdaderas personalidades se tomen la molestia de guardar las formas y en cambio haya tantos individuos hoscos de los que no cabe esperar una palabra amable.

Habrá quien piense que existen problemas más acuciantes de los que ocuparse, pero sería un error pensar que estas conductas lamentables -u otras como las de los descerebrados que vociferan sus gestiones por el móvil, por ejemplo en los trenes- no guardan relación con un déficit profundo en lo que se refiere a nuestra geografía humana. Oímos hablar todos los días de la competitividad, pero parece que ésta se reduce a que los llamados empleadores expriman a los empleados sin atender a sus cualidades, que pueden ser incluso penalizadas como síntoma de una mentalidad no acomodaticia. Da la impresión de que para los primeros sería un sueño disponer de un ejército de orangutanes afásicos, y lo cierto es que no pocos homínidos están luchando duro por no perder el puesto a manos de sus primos de especie.

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