La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

De la bulla a la masa

El problema de los espejos -y la Semana Santa es el más privilegiado- es que reflejan lo que hay ante ellos

Justifica el delegado de Seguridad, Movilidad y Fiestas Mayores la necesidad de las vallas en Semana Santa porque "donde antes había una bulla, pero con respeto y civismo, ahora había una masa que no respetaba ni al cuerpo de nazarenos, algo que también estaba motivado por el aumento del público y los cruces entre hermandades". Desgraciadamente tiene razón. Y conste que las vallas me resultan tan antipáticas como al que más; y que me entristece ver en como en la Semana de Pasión tantas calles y la mismísima plaza de la Virgen de los Reyes parecen los corrales de ganado de Chicago. Pero a la autoridad municipal le toca gestionar la realidad, no lo deseable; y la realidad de gran parte de la Semana Santa obliga a gestionar así, para salvaguardar la seguridad, los espacios públicos que antes se ocupaban cívicamente.

Lo mejor y lo peor de la Semana Santa es que está viva, que es un reflejo de cada momento que la ciudad ha ido viviendo. Durante un siglo -desde mediados del XIX hasta el inicio de los años 60 del XX- conoció un esplendor como tal vez ni tan siquiera tuvo en la opulenta Sevilla de los siglos XVI y XVII. La suma de las imágenes sagradas esculpidas en el Siglo de Oro -desde el Cristo de Burgos (1573) al Cachorro (1682)- y de la creación del nuevo universo de bordados, cortejos, músicas y costumbres populares hizo posible ese otro Siglo de Oro de la Semana Santa cuyo inicio y final podríamos simbolizar desde el manto del Mayor Dolor y Traspaso (1871, hoy de la Estrella) o la túnica de los cardos del Gran Poder (1881) hasta la corona de la Amargura (1954); o -estirando mucho las cosas- hasta los mantos de la Virgen de los Ángeles (1961) y el de la Coronación de la Macarena (1964), con el punto álgido de las tres décadas prodigiosas encerradas entre el manto de malla (1900) y el de tisú (1930) de la Esperanza.

Desde los años 70 hasta hoy, casi medio siglo, la Semana Santa ha evolucionado, por estar viva, al mismo paso que la ciudad y los sevillanos. Vi llegar lo que hoy tenemos. Viví los tiempos de eclosión del serrucho y el caballito, los hermanos costaleros, las gaitas, las agrupaciones y las imágenes amuñecadas. En 1981 se criticaba en Abc una entrada "en la que los costaleros hicieron el caballito, la ola y el serrucho entre ritmos espúreos". El problema de los espejos -y la Semana Santa es el más privilegiado que Sevilla tiene- es que reflejan lo que hay ante ellos.

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